Un avión se estrella en los Andes hace cuarenta años. Los supervivientes se enfrentan a 72 días solos en la montaña, alimentándose de los cadáveres de sus compañeros. Este hecho marca sus vidas de maneras sorprendentes.
Eduardo Strauch, uno de aquellos jóvenes, cuenta la historia desde la perspectiva que te da el tiempo a través de la pluma de Mireya Soriano que pone orden y poesía a una historia con la que pretenden trasmitir «la importancia del silencio, del amor en todas sus manifestaciones, del poder de nuestro espíritu y de nuestra mente, de la capacidad que tenemos para disfrutar de la vida… en cualquier circunstancia».
Charlamos con Eduardo y Mireya sobre esta sobrecogedora experiencia vital y sobre los motivos que les llevaron a compartir su historia, y ahora lo compartimos con todos vosotros.
Qué edad tenías cuando tu avión quedó atrapado en los Andes?
E.S: Tenía 25 años.
¿Cómo dirías que esa experiencia ha marcado tu vida y tu camino?
E.S: Esta experiencia sin duda que ha marcado mi vida, de una manera absolutamente positiva, ¡y me sorprende!
¿Cuál es tu relación con el resto de supervivientes?
E.S: Es una relación muy fuerte, difícil de explicar pues es una hermandad muy fuerte, en la que tenemos desacuerdos como en cualquier grupo humano, y discutimos acaloradamente, y nos enojamos… pero esa relación y ese sentimiento que tenemos mutuamente no se puede destruir con nada.
¿A qué te dedicas desde entonces?
E.S: Me dedico, como antes, a la arquitectura, y últimamente también a la pintura, a las conferencias y a los viajes, y sobre todo a mi familia.
Háblame de la peregrinación anual al lugar del accidente.
E.S: He vuelto ya doce veces al sitio; con mi mujer, mis hijos, con amigos y personas de todas partes del mundo. Es mi retiro espiritual anual, donde me acerco a lo que aprendí allí, para no olvidar, donde lloro a mis amigos muertos, lo que no pude hacer en aquel momento. Donde voy a encontrar el silencio… en esa naturaleza imponente. Donde me sacudo la contaminación de la civilización moderna… y vuelvo purificado.
Un montañero, años después, encontró tu documentación perdida en la montaña ¿Qué supuso esto para ti?Ç
E.S: Supuso conectarme tan brutalmente con aquel momento y lugar, que lo consideré un signo de que debía transmitir mi vivencia para que a otros les sirviera también. Fue el encuentro de mis dos yo, el de aquí y el de la montaña.
¿Por qué has esperado 40 años para escribir tu historia?
E.S: No he esperado, lo fui sintiendo así, he hecho un proceso que desembocó en la necesidad de dejar este legado, de compartir lo que he ido aprendiendo con esta generación y con las que vienen.
¿En qué momento te cruzas con Mireya, la coautora del libro? ¿Por qué ella para escribirlo?
E.S: Estuve bastante tiempo tratando de encontrar a la persona que me ayudara con este proyecto, desde el punto de vista literario. Por unos amigos comunes conocí a Mireya y en la primera conversación supe que era la escritora que estaba buscando. Enseguida percibí que estábamos en la misma sintonía.
¿Qué queríais contar en Desde el silencio?
E.S: Quería contar lo que siento al mirar hacia dentro, con la perspectiva del tiempo y la madurez de los años.
¿Qué ha sido lo más duro para ti de revivir esta historia?
E.S: No ha sido dura, he convivido con ella, no la he revivido. Ha sido emocionante y conmovedor al memorizar e ir acordándome de detalles, momentos…
¿Y lo más gratificante?
E.S: Lo más gratificante ha sido ver todos esos pensamientos, reflexiones, recuerdos, que han pasado por mi mente durante estos cuarenta años, expresados sobre le papel de un manera poética y clara, y honesta… percibiendo que a mucha gente le llegará lo que pretendo transmitir.
¿Qué te gustaría trasmitir al lector?
E.S: Quisiera transmitirle la importancia del silencio, del amor en todas sus manifestaciones, del poder de nuestro espíritu y de nuestra mente, de la capacidad que tenemos para disfrutar de la vida… en cualquier circunstancia.
¿Cuál es tu relación con el suceso del accidente en los Andes?
M.S: Yo, como bien dice Eduardo en su libro, era una de las chicas que rezaban por ellos cuando estaban desaparecidos. Si bien no conocía personalmente a ninguno de los pasajeros del Fairchild accidentado, además de vivir la natural conmoción que el suceso provocó a nivel general, había vínculos cercanos que me unían a varios integrantes del grupo, dos de los cuales resultaron supervivientes. Eso hacía que yo participara de modo particular en todas las instancias de la búsqueda y también integrara por lo menos tres grupos de oración, de los que se reunían en casa de las familias.
¿En qué momento te planteas escribir la historia de Eduardo?
M.S: Él estaba buscando quien le ayudara a hacerlo y tuve la suerte de ser elegida.
Tienes varias novelas y cuentos… cuenta, cuenta.
M.S: Dicen que yo antes de los dos años ya era capaz de hilvanar pequeñas historias. Como a todos los niños me gustaba escuchar cuentos, pero si los adultos se demoraban en contármelos yo misma me los inventaba y los decía en voz alta con bastante coherencia.
Cuando aprendí a escribir me divertía creando historias gráficas, cuentos sencillos y algunos poemitas. Era la típica niña con facilidad para las letras, si bien desde pequeña supe que sería ingeniera, otra de mis vocaciones. Ya de mayor tomé más en serio el oficio de escribir, que coexistió siempre con la ingeniería. Tengo varias novelas, muchísimos cuentos y escribo cada vez más.
¿Qué ha sido lo más difícil para ti a la hora de escribirla?
M.S: Abordar una historia sobre la cual se había escrito y hablado mucho. Encontrar el justo equilibrio para relatarlo desde un ángulo nuevo, evitando una repetición que podría resultar tediosa y a la vez posibilitar que quien no conociera el acontecimiento pudiera enterarse. También me esforcé mucho en encontrar la estructura para enmarcar de la mejor manera lo que Eduardo tenía que decirnos.
Escribir algo tan íntimo desde la voz de otro… ¿Qué ha supuesto?
M.S: En primer lugar un profundo respeto por lo que el otro pretende expresar, no filtrar en sus palabras mis propias ideas. Ser consciente en todo momento que Eduardo aportaba el contenido y yo sólo le asistía en la forma. Tratar de que ese contenido, ese conocimiento especial que había surgido de tan tremenda experiencia, aflorara sin obstáculo y que yo lo recogiera con cuidado, como un verdadero tesoro interior y solamente ayudara a darle forma, como un artesano que toma una piedra preciosa y la ajusta en un engarce.
Cómo ha sido vuestro sistema de trabajo.
M.S: Nos reuníamos por lo menos semanalmente en un sitio tranquilo e íbamos hablando de los temas que componen el libro. Tomábamos un tema y yo guiaba a Eduardo hacia una reflexión sobre ello, de la manera más libre, procurando que él se sintiera cómodo. Surgían así anécdotas de infancia, e inevitablemente salía a luz ese conocimiento adicional que le brindó su encuentro con el silencio interior en la montaña.
¿Lo más gratificante?
M.S: Meterme en la experiencia de la cordillera como si la estuviera viviendo y lograr parte del aprendizaje asociado a ella.
Conseguir que Eduardo me dijera al leer una frase: “Esto es exactamente lo que yo quería decir”.
Cuál dirías que es el tema principal de Desde el silencio.
M.S: Diría que es la vida. En todos sus aspectos, sus sorpresas, su misterio, las grandes preguntas existenciales, la misma muerte. Es un libro sobre la supervivencia, no sólo en un sentido físico, sino total.
Lo siento como un homenaje a la vida.
Qué te gustaría trasmitir al lector.
M.S: Emoción. Esperanza. Confianza en sus propias capacidades y en el curso de la existencia.
Qué dirías que has aportado a la historia.
M.S: Nada más que la forma. La historia es de Eduardo y yo sólo facilité su expresión.
En algún momento a lo largo e la escritura te hubiera gustado estar ahí para vivir la historia.
M.S: No tuve ese sentimiento de querer estar allí. En la primera etapa del trabajo con Eduardo, hice el esfuerzo de imaginarme en esa situación y realmente lo pasé fatal.
Le dirías a un amigo lee Desde el silencio porque…
M.S: Es un libro en que se puede encontrar mucho más que entretenimiento. Es escuchar la voz de alguien que, como Eduardo, ha estado asomado al filo del misterio y que después de años de madurez y de silencio, nos hace partícipes de su profunda experiencia existencial.











Ya tengo en mis manos el libro aquí en Montevideo, Uruguay. Sé que me va a encantar pues conozco muy bien la sensibilidad y la creatividad de la escritora. Además, en aquel tiempo seguía con atención todos los informativos esperando noticias de ellos. Vienen a mi mente anuncios de que desde el aire habían visto una enorme cruz de piedras. Y sabía de que estarían todos orando con mucha fuerza pues era un grupo formado en la fe cristiana. Estoy segura que voy a sentir que estoy ante esas montaña