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Domingo, 14 de Diciembre de 2008 - Actualizado a las 23:23h.
Uno de estos días leí en la prensa -digital claro- que en el año 2007 se vendieron más de 7,2 millones de cámaras réflex digitales y otros 126 millones de cámaras compactas digitales. Cada vez se compran más cámaras digitales -pienso-, luego cada vez hay más usuarios de cámaras digitales -deduzco-, pero esto no significa que cada vez haya más fotógrafos -concluyo-, en realidad siento lo contrario, a la vista de todo lo que está desencadenando el tsunami digital que nos asola. El pasado mes de febrero Darío Rodríguez, Director de Desnivel, daba una conferencia en la Librería Desnivel en torno a sus 27 años ejerciendo en la fotografía de montaña. Ante mi pregunta, Darío respondió que lo único que no había cambiado en el mundo de la fotografía de montaña, lo único que permanecía, "son los buenos fotógrafos". Me gustó oír aquello porque coincide exactamente con lo que yo pienso al respecto. Salvo los buenos fotógrafos, lo demás ya no es igual.
El papel del individuo
La evolución de la tecnología, mucho más que la evolución de la fotografía,
ha alterado el modus operandi del fotógrafo -de muchos fotógrafos al menos- de
una manera tal que le ha convertido en un "operario manipulador de
dispositivos tecnológicos", es decir, le ha convertido en un mero usuario
y le ha expulsado de la noble categoría del "fotógrafo creador", que
se caracteriza por mantener la capacidad personal de decisión y de control
sobre los parámetros esenciales de la toma fotográfica, y que se caracteriza
también por estar sometido a unos límites naturales, límites que otorgan
identidad a una actividad de carácter técnico-artístico que tiene ya casi dos
siglos de vida.
Esos parámetros son, por ejemplo, el enfoque, la exposición, la decisión sobre el instante de la toma, y en definitiva, la estrategia o el procedimiento para decidir y actuar a priori, antes de obtener la imagen. El fotógrafo conserva y ejerce aquella capacidad "personal" de decisión, el operario manipulador de dispositivos conserva solamente una capacidad de... "delegación tecnológica". Y no es una mera cuestión semántica, es mucho más una cuestión relativa al papel que desempeña el individuo en este proceso de relación con las máquinas. La tecnología digital ha banalizado el acto fotográfico a base de haberlo convertido en algo rápido, cómodo, fácil y flexible, al alcance de todo el mundo, y las posibilidades de alteración a posteriori de la imagen digital captada por la cámara han acabado de rematar, es decir, de eliminar, la trascendencia y el desafío que caracterizaron siempre a la toma fotográfica tradicional. En este proceso "tradicional", el fotógrafo es el artífice y el responsable de lo que sucede, es quien dirige el proceso que lleva a la imagen final. Sin embargo en la obtención de imágenes digitales, el fotógrafo parece un eslabón más en la cadena, alguien que delegó en la cibernética determinadas tareas que antes le correspondían sólo a él. Para mí, fotografía es decisión, no delegación.
En el nuevo proceso de obtención de imágenes digitales, lo que registra el sensor de la cámara ya no es final, como sucede con la fotografía sobre película. No lo es porque ahora existe lo que yo llamo el "cuarto oscuro de las trampas". Cuando no existía lo digital, el cuarto oscuro era el lugar donde el fotógrafo culminaba el proceso de la toma de la imagen y la hacía visible mediante el revelado y el positivado. Ahora este nuevo "cuarto oscuro de las trampas" que esconde todo ordenador equipado con el "photoshop" de turno, es el laboratorio fotográfico del siglo XXI según algunos, o es la post-producción, según otros que prefieren términos más acordes con el avanzado mundo de la tecnología de la imagen. Según yo, este "cuarto oscuro de las trampas" es el lugar y el momento en el que el operario manipulador de dispositivos tecnológicos rescata la imagen que registró en su cámara digital en un formato llamado "raw" ("en bruto"), la pasa por el mágico dispositivo, la magia de las trampas empieza a surgir ante los ojos del operario y los límites naturales que siempre tuvo el proceso fotográfico se sobrepasan sin complejos a base de tecnología pura y dura: ¿el sujeto está ligeramente desenfocado? ¡no hay problema! Máscara de enfoque y arreglado, ahora la imagen tiene más nitidez. ¿La imagen está oscura, en dos puntos? ¡no hay problema! El photoshop la aclara y la deja perfecta. ¿No hay contraste? ¡no hay problema! El photoshop se lo concede. ¿Estaba el cielo blanquecino aquella tarde? ¡no hay problema! El photoshop lo pinta de azul índigo. ¿Nos estorba este árbol, o esta casa, o estos catorce escaladores que aparecen en la imagen? ¡no hay problema! El photoshop los borra. A mí todo esto me suena a una cosa distinta de la fotografía tradicional.
Un camino distinto
La tecnología digital ha convertido este tipo de proceso fotográfico digital
en una reedición de la PINTURA. La evolución tecnológica es, en este punto,
más bien mutación. Los parámetros tradicionales del acto fotográfico, como
pueden ser el enfoque, la exposición o la latitud de la película, han dejado
de ser referencias y límites esenciales para el operario manipulador de
dispositivos tecnológicos y han pasado a ser un color más de la paleta
tecnológica de este nuevo pintor, que ahora, en vez de pinceles, utiliza un
ordenador, y en vez de pinturas, utiliza una cosa que se llama
"software". Por eso me gustaría que a esta "modalidad de la
obtención de imágenes por la vía digital" se la llegue a identificar y a
denominar con un nombre distinto al de "fotografía". Y dicho esto,
añado que no es algo que me quite el sueño ni mucho menos, de hecho cuando
quiero disfrutar a tope de la fotografía, cojo mi cámara réflex cargada con
película de diapositivas y me lanzo a hacer fotos con las mismas "reglas
de juego" con las que las hice siempre, es decir, decidiendo personalmente
y ajustando manualmente. Tengo una cámara digital compacta que utilizo en la
montaña junto con la réflex tradicional cargada con película de diapositivas
y ciertamente no siento que estoy haciendo lo mismo al utilizar una u otra, por
más que el resultado final sea, con ambas cámaras, una imagen que se va a
publicar en la revista Desnivel. Tal vez esta última idea esconda la clave del
asunto: un camino distinto para llegar al mismo resultado en un proceso en el
que lo verdaderamente importante acaso sea el propio camino, y no el destino, en
el que lo verdaderamente importante acaso sea el "cómo" y no el
"qué". Con toda seguridad, los fotógrafos profesionales que viven de
la fotografía digital y los clientes que la demandan como producto, tendrán
una visión distinta de lo que es "verdaderamente importante" a este
respecto...
Por supuesto, los fotógrafos que utilicen cámaras digitales, al igual que han podido hacerlo siempre con las cámaras de película, disponen, si lo desean, de "modos de autorregulación" para seguir decidiendo y actuando por sí mismos, como por ejemplo, enfocar a mano, no utilizar el disparo en ráfagas para poder ser responsables del instante de cada una de sus fotos, trabajar en modo de exposición manual (la M del dial, un placer de dioses que muchos humanos han tirado a la basura) o no utilizar el photoshop para retocar ni para hacer manipulaciones "transgénicas" a posteriori de la imagen obtenida.
Es otra cosa
El fotógrafo, como el hombre en términos generales, siempre se ha apoyado en
la tecnología: cuando en el siglo XIX se inventó el proceso químico que
permitía revelar un soporte expuesto por la luz, obtener un negativo y después
un papel fotográfico con la imagen en positivo, todo aquello era entonces
"tecnología". Tecnología es también una cámara fotográfica de
película tradicional fabricada en 1954 y tecnología es el funcionamiento de su
obturador mecánico de tela engomada que hace posible la exposición, como
tecnología es el proceso que revela mis diapositivas desde hace años. Salvo la
voluntad del fotógrafo, todo en fotografía es tecnología, pero si no se
establecen límites a los niveles tecnológicos ni a lo que se puede manipular
con ellos, la evolución de aquella actividad de carácter técnico-artístico
nacida en el siglo XIX deviene en mutación, y posiblemente por ello, en una
nueva categoría de obtención de imágenes, con una nueva identidad, con un
nuevo nombre, en la que el factor humano ha quedado en otro plano. La
fotografía es otra cosa. Ahí está el engaño.

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