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PIONERO DE LA ESCALADA Y EL ALPINISMO VALENCIANO

Ha fallecido Miguel Gómez

El 24 de marzo, Miguel Gómez murió en Valencia a los 75 años. Aperturista de grandes clásicas, como Los valencianos o la Gómez/Cano, ambas al Peñón de Ifach, y andinista, consiguió el primer ochomil valenciano con el Nanga Parbat en 1986. Además, en los años 60 formó parte del equipo explorador de uno de los más grandes, Eric Shipton.

Desnivel.com - Viernes, 25 de Marzo de 2011 - Actualizado a las 11:53h.

Miguel Gómez
Miguel Gómez (Darío Rodríguez)

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  • Miguel Gómez Miguel Gómez
  • Miguel Gómez, primer valenciano en la cumbre de un ochomil, el Nanga Parbat, 1986. Miguel Gómez, primer valenciano en la cumbre de un ochomil, el Nanga Parbat,1986.
  • Miguel Gómez en la Pared del Diamante del Mt Kenya Miguel Gómez en la Pared del Diamante del Mt Kenya
  • Miguel Gómez atraviesa el lago Colona durante la primera travesía del Hielo Patagónico Norte, dirigida por Eric Shipton Miguel Gómez atraviesa el lago Colona durante la primera travesía del Hielo Patagónico Norte, dirigida por Eric Shipton
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Una enfermedad se ha llevado a Miguel Gómez (Barcelona, 1936). Miguel comenzó a escalar a comienzos de la década de los 50 y desde entonces no dejó de enrolarse en la salidas de varias generaciones de alpinistas y escaladores valencianos. Hasta hace poco era normal ver a Miguel en las paredes y escuelas de la comunidad acompañado casi siempre por escaladores más jóvenes que él.

Dejó su huella con la apertura de itinerarios que se convirtieron en grandes clásicas, como Los Valencianos, en 1959 junto a Rafa Cebrián y Ángel Tébar, o la Gómez/Cano, en 1977, encordado con Víctor Cano. En 1955, la Unidad de Guías Montañeros de la Falange lo selecciona para viajar a Alpes y, ya en la década de los sesenta, siendo maestro industrial matricero (oficio que conservó durante toda su vida y razón de que muchas rutas valencianas luzcan chapas salidas de su taller) se marcha a Sudamérica donde desarrolla una intensa actividad andinista, en compañía a veces de alpinistas catalanes como Jordi Pons, Francesc Guillamon o Josep Manuel Anglada.

La etapa andina dio paso a un periplo patagónico: invitado por Eric Shipton (el famoso explorador del Himalaya), se embarcó en la primera travesía integral del Hielo Patagónico Norte. Y de nuevo a Andes, en 1965, para intentar la cara sur del Aconcagua que finalmente conseguirá en 1972. Ese año realiza también la primera repetición del espolón SO con Manuel Moreno.

A su regreso a España trabajó con Toni Martí en los refugios de Góriz y de Estós durante 12 años. En 1980 abre Mediterráneo al Monte Kenia junto con el murciano Miguel Ángel G. Gallego. En 1982 intenta con él, su hermano José Luis y Manolo Del Castillo el Fitz Roy.

El 15 de agosto de 1986 consigue el primer ochomil valenciano, el Nanga Parbat, con Moisés García y Rafa Vidaurre. Intentará también el Makalu y el Cho Oyu. Incluso consiguió un permiso para el Everest, pero no dinero para financiar la expedición.

En sus últimos años de actividad compaginó sus dos grandes pasiones: la montaña y el mar.

Hoy (25 de marzo) sus amigos le darán el último adíos. La capilla ardiente estará instalada en el Tanatorio Municipal de Valencia hasta  las 16 h.

MIGUEL GÓMEZ: El mundo por montera, por Eliseu T. Climent. 1999 (Desnivel 147)

Con poco más de veinte años, se echó al ruedo del mundo. Puro nervio, un joven Miguel Gómez emigró en los cincuenta a Suramérica en busca de montañas y grandes espacios. Así, dejó su huella en vías difíciles, o sobre el Hielo Patagónico junto con la del mítico Eric Shipton. Pero su imagen discreta, campechana, y nada reivindicativa se ha acostumbrado a quedar eclipsada por figuras con más presencia pública. “Hice lo que hice, y por eso no creo que sea mejor ni peor que nadie”. Una vida directa e intensa, todo un carácter que continúa en movimiento.

Con dos años, pasó un bombardeo, solo y al descubierto. Y eso marca. Tanto como que de esa primera secuencia explotan las bases de lo que será la película de su vida: evitar volver a caer en la horrorosa indefensión de quedarse al descubierto más absoluto, y aprovechar la sensación de apuntarse a todos los bombardeos, mientras no fueran bélicos. “Lo primero que hice fue aprender a ganarme la vida y luego hacer lo que quisiera. Eso lo tuve claro desde niño. Era lo único que podía hacer un chico de barrio para salir adelante”. Estudió Maestría Industrial, y el título en el bolsillo fue su simbólico billete del viaje en el que huyó de un país donde no podía dejar de sentirse oprimido.

Huyó en busca de montañas, naturaleza y aventura. Aventura de vivir. Aventurarse es sentirse vivo; sentirse presente en un entorno donde la técnica y la dificultad no son un fin sino un medio, por eso no suele hablar de grados. Miguel es el gran angular fotográfico donde todo cabe, porque todo forma parte de este macrocosmos que él ama, el mundo. Sí, Miguel Gómez (Barcelona, 1936) es un ciudadano del mundo, sin fronteras, ligado con una fuerza directa a las tensiones más primarias de la Tierra. Su pasión es descubrirla paso a paso, palmo a palmo, a poder ser desde las alturas de las cimas o a ras del mar maniobrando de aquí para allá velas y timón de un velero. Parte de su interior es Suramérica, donde se movió durante un quinquenio como Pedro por su casa, sin prejuicios ni inhibiciones. Se mezcló con las gentes, confraternizó con lo autóctono y, para asombro de los nativos, se arremangó la camisa y demostró que un gringo es capaz de trabajar a las órdenes de los lugareños. Miguel llegó al Nuevo Mundo sin ansias colonizadoras, sin prepotencias occidentales, sin ninguna intención de hacer las américas. Su voluntad se licuaba en la sociedad indígena, en la picaresca de aquellas tierras poniendo su empeño en trabajos y faenillas que le diesen los mínimos recursos necesarios para descubrir aquellos rincones vírgenes de la cordillera andina.

Hoy vive en Valencia, ciudad donde llegó con cuatro años cuando su padre, que pertenecía al cuerpo de la Guardia de Asalto del gobierno republicano, fue arrestado y deportado a la capital del Turia al finalizar la guerra civil. “Llegamos para quedarnos cinco años, pero todo quiso que nos afincásemos para siempre”. Aunque es de cuna conquense (su familia nace en Tarancón), vino al mundo en los escalones de la catedral de Barcelona en septiembre de aquel fatal 1936. Su permeabilidad lo ha convertido en un valenciano con “pedigrí”, un verdadero “pata negra”. Su habla no tiene nada que envidiar, ni en vocabulario ni en tonadilla, a los usos lingüísticos más arraigados de la huerta valenciana, aunque su aspecto diste mucho del de un labrador de la tierra. Su característico bigote conlleva la historia de una vida, una filosofía tranquila a la par que apasionada o, si se quiere, una mística particular que ha hecho de él alguien más que un montañero, escalador, alpinista, andinista o himalayista. Miguel es un todo en movimiento, el cual encuentra en el viaje, en el sentido pleno del término, las emociones que configuran, por acumulación, su experiencia vital.

Esa pasión por la montaña lo había llevado, como a muchos, a enrolarse en el Frente de Juventudes (órgano falangista polarizador de actividades diversas) aunque el color político familiar fuese otro. “En 1954, hice mi primera salida a un albergue de Alborache organizada por la Falange”, recuerda Miguel. Aquel verano se inscribió por 160 pesetas al Campamento Provincial de Alta Montaña que se celebraba durante quince días a las puertas del Hospital de Viella. “Cada mañana, después de izar bandera y de soportar las peroratas políticas y religiosas, salíamos de marcha. Según pasaban los días, la gente se iba retirando. Al cabo de cuatro o cinco días, yo continuaba dando el paso al frente cuando decían quién se presentaba voluntario para salir de excursión. Aquella predisposición por salir al monte hizo que me librase de la cocina durante todo el campamento”.

Búsqueda vertical

Por aquellos lares, conoció casualmente a Rafael Cebrián, un joven montañero valenciano que se acercó de visita al campamento. Cebrián, en la actualidad uno de los máximos representantes del excursionismo valenciano y autor de numerosas guías, estrecharía amistad y arrastraría al joven Miguel a una primera salida con el Centre Excursionista de València a la cresta del Benicadell. “A través de Rafa Cebrián, dejé la Falange para entrar en el Centro Excursionista. En aquel momento, en el Centro se respiraba un ambiente muy bueno. Había gente como Martín Mateo, Pepín Aranda, Javier Botella, los naturistas... El problema es que la entidad tenía muy pocos medios económicos a los cuales se añadía que Valencia es muy especial. Tiene roca y la gente la ignoraba; tiene mar y solamente había cuatro pescadores del Cabanyal. Valencia tiene tradición de naranjos y eso quiere decir mucho”.

Miguel no se conformaba con esta filosofía de raíz mediterránea, que entiende la vida con hedonismo, como el descanso a la sombra de una parra. En medio de la horizontalidad perfecta de esta tierra de naranjales, buscó con empeño lo vertical. “Sabía que en 1944, el Pany (Jordi Panyella) había abierto una vía en el Peñón de Ifach. Le comenté a Héctor Montaña, un amigo que escalaba más que yo y que tenía una moto de segunda mano, una Cofersa 125, de acercarnos al Peñón. Llevábamos una cuerda de 40 metros y media docena de clavijas”. Después de una avería del vehículo que obligó a pasar la noche en Silla, a 11 kilómetros de casa, las vacaciones de Semana Santa de aquel 1955 se saldaron con buceos al pie de la pared, pero sin tocar la roca. “Acabamos con los dedos arrugados, no de escalar sino del agua”. Miguel ya no volvería al Ifach hasta después de licenciarse en el servicio militar, por los alrededores de 1959, cuando junto con Cebrián y Ángel Tébar abrieron una nueva línea en la pared sur, la clásica vía de Los Valencianos. “Pensé que ése sería el momento para empezar a escalar en serio en el Peñón, pero no fue así.” Miguel no abrió ninguna otra vía en el Peñón hasta principios de los setenta cuando, con Víctor Cano, bautizó la Gómez/Cano, una linea exigente “con pasos de V+ y algún A2 suave”.

En el verano del 55, la Unidad de Guías Montañeros de la Falange organizó un viaje a los Alpes con una agenda ambiciosa que contaba, entre otras escaladas, con la ascensión al Mont Blanc por la vía normal y al Cervino. La selección se hizo en diversas escuelas del País Valenciano como el Risco del Fraile, l’Agulla del Pi o Penyes de Guaita. El Xirivello (como apodaban a Miguel Gómez por vivir en Xirivella) superó con éxito las pruebas y fue seleccionado para la experiencia alpina. “Hicimos el Mont Blanc con una camisa y una chaqueta de lona, porque no teníamos ni idea de lo que nos esperaba. Por no tener no tenía ni botas: me dejaron unas. Aun así, de los cinco clasificados sólo llegamos a la cima Héctor Montaña y yo”. El Cervino, por esta vez, quedaría aparcado hasta próximo aviso por causas ajenas a los “stagistas”.

El maestro se rebela

América, América. Noviembre de 1960. Miguel Gómez, ya es maestro industrial matricero, y ahora se rebela contra su recién adquirido modus vivendi para iniciar una nueva etapa en su vida. Cinco años fuera de casa, como si de un estudiante universitario se tratase, lo llevarán lejos, a afincarse sin sedentarismos en Suramérica, para hacer de los Andes su terreno de juego; un terreno, todo sea dicho, en el cual muchas de las cimas eran todavía vírgenes. Fueron cinco años de especialización y práctica casi constante en la cordillera andina (exceptuando las temporadas de trabajo para ir saneando la economía individual y asegurándose el plato de frijoles). Una etapa en que corría de aquí para allá, vivía a salto de mata, abierto hasta los poros a nuevas experiencias y conocimientos. “Escogí Suramérica porque allí todavía quedaba mucha tierra y muchas montañas vírgenes por explorar. En cambio, los Alpes eran un lugar más civilizado, europeo”. Contra la ortodoxia alpinística occidental, Miguel se convirtió en un andinista antes que en un alpinista.

Pero, ¿cómo irse? Intentó, en vano, que le contratasen como matricero en la construcción de una nave nodriza para la Fuerzas Armadas de Liberia. Y finalmente consiguió cruzar a Brasil en calidad de emigrado oficial donde, como preámbulo a su etapa andina, trabajó durante un año. Llegó a Buenos Aires en las Navidades de 1961, en pleno verano. “El dinero que había ahorrado me permitió comprar el material justo; es decir, unas botas, un saco, una mochila y algo de comida antes de emprender la marcha hacia Bariloche”. Aquellos quince días en la capital argentina bastaron para contactar con el Club Andino Argentino y tomar el tren con destino a las montañas con su secretario. “Fuimos directos al refugio del Frey y estuvimos dos semanas escalando las agujas de los alrededores. Recuerdo que había mucho esloveno y alemán haciendo actividad”. No le faltó ascender al Cerro Tronador ni embaucar al jefe de inmigración del lugar para que le renovase el permiso de residencia.

Chile fue su siguiente destino. Aunque Miguel Gómez se considera, y lo es, un ser social más que un lobo solitario, al largo de su periplo americano demostró que no le faltaban cualidades de lo segundo. En tierras chilenas ascendió en solitario el volcán Osorno, siguió su itinerario hacia Puerto Montt hasta llegar a su destino, Santiago de Chile, donde se instala, desde febrero de 1962, medio año con la intención de subsanar el déficit de la economía doméstica. Contactó, sin demasiado éxito, con unos miembros del Cuerpo de Socorro Andino. “Con ellos hice algunas cosas, pero un día encontré una cordada que bajaba de escalar una aguja, sucios, con la ropa rota, la cuerda colgando. Me dije, estos son los míos”. No se lo pensó dos veces. Les asaltó literalmente y durante les vacaciones de Semana Santa realizó con ellos la actividad más expuesta de aquellos cinco años, una vía a la cara sur del Cerro Arenas. “Aquella pared de más de 1.000 metros tenía una primera parte fácil que se podía hacer en ensamble. Más arriba, la roca cambiaba, era muy descompuesta y las posibilidades de clavar alguna cosa eran pésimas. Había pasos de sexto duro que forzamos en libre y A2 en artificial. Esta vía se quiso repetir, pero quien entró, abandonó. Y en el tercer intento, murieron tres escaladores”.

Andino imprescindible

Prescrito el corto estadio de sedentario en la capital chilena, Miguel vuelve a cargar con la mochila –“era lo único que tenía por aquel entonces. Por no tener no tenía ni cuerda”– y pone rumbo a Lima donde tendría que encontrarse con Ángel Anglada, hermano de José Manuel, que se había trasladado a Suramérica con la intención de convertirse en piloto de vuelo. “Llegué a Lima trabajando de lo que me salía. En los mercados, me enrolaba con camioneros que me empleaban para que les cuidase el camión cuando paraban a comer o a dormir”. Con Ángel iba a perpetrar un objetivo común: “Nuestra intención era volver a Argentina y escalar el Aconcagua. Desplazarnos al puerto de Tocopiya para enrolarnos en algún salitrero que nos pasase a Japón y llegar por la India al Himalaya. Pero el padre de Ángel le apretó para que volviese a casa”.

Poco a poco, Miguel se había convertido en un conocedor de la montaña andina. “Cada vez más los clubes, con los que tenía muy buena relación, me llamaban para que les acompañase a los campamentos de verano. Decían que les aseguraba las cimas que se proponían”.

En 1963, por primera vez y gracias al contacto de Ángel Anglada fue contratado por la expedición al Perú formada, entre otros, por José Manuel Anglada, Francesc Guillamon y Jordi Pons. Los tres catalanes tenían las miras puestas en el Shiula Grande, mientras que Miguel Gómez, a la sombra de los protagonistas, realizaba algunas ascensiones secundarias o alguna cima virgen como la que bautizó como Centro Excursionista de Valencia, en honor a su entidad. “En aquella expedición, participé como jefe de transportes y cocinero. Mi trabajo fue contratar los mulos, cocinar y estar en el campamento de altura para, cuando bajasen, tenerlo todo preparado”.

Dicha expedición representó el preludio a un contacto con un mítico alpinista y explorador. “De aquí pasé a La Patagonia. Fui invitado por Eric Shipton”. Shipton, el gran alpinista y explorador de montañas himaláyicas como el Nanda Devi (1934 y 1936) Everest (1935, 36, 38 y 1951) y el Cho Oyu (1952), entre muchas otras, miembro del Comité Explorador de Londres, en los 60 había trasladado su campo de exploraciones a Suramérica, adonde fue ininterrumpidamente desde 1957 a 1964/65. En esta última ocasión capitaneaba la que sería la primera travesía integral del Hielo Patagónico Norte, desde la Laguna de San Rafael hasta el Lago Colonia. “Shipton era muy meticuloso y lo llevaba todo calculado. Era muy inglés: bebía té, fumaba pipa y tiraba la ceniza a la manteca”.

Más tarde, se enroló con unos alemanes que estaban en la Universidad de Chile, para acabar en 1965, recomendado por Félix Méndez, entonces presidente de la Federación Española, en una expedición del Club Alpino Español al Aconcagua compuesta por Adolfo Jiménez, Antonio Riaño, Manuel Moreno y él mismo. “Manolo y yo quisimos ascender por el espolón suroeste, una ruta que estaba sin repetir. Se trata de una vía complicada, llena de canales de las cuales tan sólo una da acceso a la cima”. Un giro meteorológico les complicó la escalada con un balance de cinco días perdidos en pared y dos días invertidos en rápeles, sin conseguir el objetivo propuesto.

Un regreso rápido

La expedición española volvía a casa y con ella, Miguel Gómez. “Después de cinco años, decidí a volver a Valencia porque me había hecho una novia por carta. Había estado ahorrando y había comprado un pasaje en barco a plazos, pero los de la expedición me dijeron de volver con ellos, que tenía el billete pagado. Tenía que haber vuelto en barco, el avión es demasiado rápido como para digerir en unas horas cinco años de experiencias y prepararse para una vida completamente distinta”.

Valencia era distinta de la que había dejado años atrás. En el ambiente de la montaña “todo había cambiado: los amigos que había dejado aquí, o se habían casado o directamente habían abandonado la escalada. Con quien más me relacionaba era con Javier Botella y Ángel Tébar”. Decidió que su vida tenía que estar próxima a las montañas. Por aquel entonces, Martín Mateo ya era guarda del refugio de Góriz. Trabajó con él y taló madera, y se animó a hacerse cargo del de Estós durante doce años. “Este trabajo de temporada que combinaba con el que tenía en Valencia me impidió escalar al ritmo que yo quería, y me di cuenta de que eso no bastaba para vivir. Entonces me coloqué en la Escuela de Formación Profesional”.

El cambio de década trajo vientos nuevos. Los 80 importaron la escalada deportiva a la que Miguel, pese a pertenecer ya a otra generación, se acopló como un guante, no sin previa aclimatación. “La deportiva coincidía con el concepto que tenía yo de la escalada de forzar al máximo el libre. Salió gente joven y fuerte, como Boro Pasqual, Coque Pérez, Javier Motes o Ernesto López. Me costó acostumbrarme al ritmo que llevaban de levantarse tarde, yo que tenía por costumbre madrugar si iba a hacer actividad”.

También en 1980, abrió una vía junto con Miguel Ángel Gallego en la pared del Diamante al monte Kenya. En 1982, de nuevo con El Murciano, intentó sin éxito el Fitz Roy. “Fue un momento ambiguo, porque por aquel tiempo me compré velero y eso absorbe mucho. Durante unos años dejé un poco apartada la montaña, pero volví con la expedición al Nanga Parbat de 1986 organizada por el Centre Excursionista de València”. El Nanga le abrió las puertas del Himalaya. En 1988 volvió al Makalu, en 1990 al Cho Oyu, y “conseguí un permiso para el Everest, pero se ha quedado en el tintero, porque en su momento no encontré el compromiso de nadie en Valencia para sacar el proyecto”.

Hoy, Miguel, sigue dando guerra por tierras de Valencia. “Soy feliz tocando la roca, viendo el cielo” y desmitifica, con esa lengua viperina que posee, los grandes hitos de este pequeño mundo, la montaña. Da sus clases de FP, tiene su tallercillo donde hace trabajos para joyeros y se fabrica algo de material de escalada, y vive solo. “Por suerte; bueno, también me gusta vivir en pareja, pero da muchos problemas”. Inquieto, vital, explosivo, como siempre, no deja de escalar ni de navegar. “Ahora estoy en mi casa, y bien, es la mejor del mundo, y tengo al lado las mejores montañas y el mejor mar”.

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