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Martes, 28 de Octubre de 2008 - Actualizado a las 17:55h.
La complejidad del viaje, con muchas incógnitas y dificultades relativas a su logística, y el "tsunami digital" que nos asola, han impulsado a Javier a mostrar un audiovisual precisamente digital, descriptivo en los contenidos, pero algo gris en los resultados visuales, alejado por tanto de la riqueza y de la calidad fotográfica que rebosa la obra de Selva, cuando es el soporte químico el que habla. No es un demérito del fotógrafo, es más bien una consecuencia del soporte y del viaje elegido. Javier Selva ha sido, y es, viajero y alpinista ambicioso, de los que van a montañas a las que no suelen ir los españoles, como el Monte Newton en las Islas Spitzbergen, el Monte Logan en Alaska, los montes Shackleton y Scott en la Península Antártica o el Volcán Kliuchevskoi en Siberia. Este viaje encaja pues entre ese tipo de montañas a las que no suele ir mucha gente. Su charla distendida y plagada de detalles permitió al público hacerse una idea muy precisa del lugar escogido para la aventura así como de las situaciones a las que tuvieron que enfrentarse para alcanzar las montañas.
Acompañaron a Javier en esta aventura dos buenos amigos, Manuel Martínez Vallvey y Luis López Soriano, operador de cámara freelance, alpinista de pura raza y buen conocedor de las montañas del Asia Central, especialmente de las desconocidas. El viaje a esta ex república soviética no tiene nada de convencional: aquellas tierras, ubicadas entre Afganistán y China, son hoy una mezcla de escasez material, de rancia decadencia de tiempos pasados y de modernidad, que a Javier le transmiten una cierta melancolía. Allí conviven hoy los pastores kirguises, sus tradiciones ancestrales, sus caballos incansables y las yurtas que constituyen su hogar, junto al imperio del dólar y otros pequeños avances tecnológicos propios del siglo XXI. Todos los permisos necesarios para acercarse a las montañas y escalarlas se consiguieron allí, en persona, y el viaje de varios días de aproximación -cinco personas y petates en un decrépito Lada- resultó ser todo un periplo aderezado por un recorrido imposible, por unas carreteras que a veces no lo son y por unas averías diarias que le añadieron otra dimensión: incertidumbre a raudales e incertidumbre real respecto a si finalmente podrían llegar a la base de sus montañas (no sería la primera vez que les pasa a los protagonistas…) El mismísimo Mick Fowler, amante de las dificultades pre-alpinísticas, firmaría a ciegas una aventura de esta naturaleza… Finalmente el coche muere y han de continuar a pie de manera digamos intuitiva, apoyándose -o huyendo según fuera el caso- en las opiniones de los locales y echando un vistazo de reojo al único mapa, casi turístico, que tenían del país.
Martínez, López Soriano y Selva, los tres integrantes de este
viaje al "Pamir profundo".Al llegar a los primeros glaciares, tienen que tomar la decisión de escalar una montaña de entre todas las que están viendo y cuyos nombres ignoran. Y después, han de acertar con el hecho de que esa montaña sea escalable sin jugarse la vida. Ahora los tres exploradores están totalmente solos e incomunicados entre montañas desconocidas y cualquier contratiempo o problema puede representar una seria situación de peligro y un compromiso total ¿no era eso el alpinismo? Eligen una montaña con buena pinta llamada Pico Sokut o Pico del Silencio, de 5.500 metros de altitud. Sí, hay allí montes mucho más altos, pero son para los cracks, ellos quieren volver sanos después de haber vivido su aventura personal en unas montañas que el propio Selva define como "montañas para dentro de muchos años". El mal tiempo les deja por fin la oportunidad de una última ventana que ellos aprovechan. Parten de su campo I y después de una escalada en hielo y nieve de dificultad media alcanzan la cumbre, desde donde descubren que la verdadera cumbre, la más alta y oculta al campamento base, está lejos y separada por un gran abismo y una larga arista. No importa, ellos viven esa cumbre como su éxito personal ¿no era eso el alpinismo?
Allí encuentran, además de su objetivo cumplido, unos viejos crampones de los años setenta que les disparan la imaginación. Cada uno va escribiendo la historia de estos crampones mientras descienden rapelando de la montaña. Después, los arrieros vuelven a recogerlos al campo base y se reencuentran con un entrañable pastor que volvió a estas tierras perdidas después de haber experimentado la vida en la ciudad. Les acoge junto a su familia y en señal máxima de hospitalidad, mata un cordero para ellos. Sus rostros se iluminan y sus estómagos también: han pasado varios días con la comida muy justa. Aquellos días son ya parte importante del viaje.
La presentación de Javier Selva fue, decía al principio, para amigos y seguidores incondicionales, que medio llenaron la Librería. El resto de asistentes que suelen llenar del todo la Librería cuando el cartel anuncia primeras espadas, se lo ha perdido.
Para saber más: http://www.javierselva.es

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