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NOVEDAD EDITORIAL

Ediciones Desnivel publica 'El Maharajá Chino', de Wojciech Kurtyka

Wojciech Kurtyka 'Voytek', uno de los grandes escaladores y alpinistas de la historia, publica con Ediciones Desnivel 'El Maharajá Chino', palabras que evocan su particular mundo interior, a veces oscuro y hasta terrorífico, y otras veces vital y luminoso, pero siempre descrito con un humor brillante.

Lunes, 4 de Enero de 2016 - Actualizado a las 15:52h.

Portada del libro 'El maharajá chino' de Voytek Kurtyka. [WEB]
Portada del libro 'El maharajá chino' de Voytek Kurtyka.

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  • Portada del libro 'El maharajá chino' de Voytek Kurtyka. [WEB] Portada del libro 'El maharajá chino' de Voytek Kurtyka.
  • Wojciech Kurtyka. Wojciech Kurtyka.

¡Un maharajá chino!… sí, has leído bien, chino. La China es un gran país, pero desde luego no es la cuna de los maharajás indios. Esta falacia da nombre y describe perfectamente la dificultad y el compromiso de una singular vía de escalada que dibuja sus líneas en la roca de la escuela polaca de Brama Bolechowicka, más popularmente conocida como Bolecho. Escalar esta vía en solo integral se convertirá en la obsesión y la pasión del autor, el gran alpinista y escalador Voytek Kurtyka, y en el hilo que teje la trama de esta singular novela.

En el capítulo que os adelantamos, “La nada resplandeciente”, Kurtyka nos expone sus miedos e incertidumbres al enfrentarse al aterrador solo integral de Maharajá (7c+), en 1985:

 La nada resplandeciente

Bolecho estaba allí, altivo y desafiante. La paz y el silencio llenaban el espacio entre las rocas. Mmm… el escenario no me inspiraba ninguna confianza. Receloso, miré a mi alrededor. Al fondo, detrás de los riscos, sobre la espesura del bosque, divisé una nube blanca inmóvil y solitaria, con reborde oscuro, suspendida del cielo despejado. Colgaba de una manera enigmática, y no me gustó nada.

Mi conversación con Gienek languidecía. Las palabras no fluían, engañaban. A la izquierda del Maharajá estaba escalando una amiga, alias Madre (al parecer creyente), con su nuevo amante (que no parecía creyente). Con cierto alivio y afecto, me di cuenta de que estaban muy ocupados el uno del otro.

Dispuse el equipo en el prado bajo el Maharajá. Mi capacidad de observación se estaba agudizando de una forma exagerada. Por la base de la roca avanzaba penosamente un caracol; ¿adónde se dirigía? Advertí sin querer que el prado bajo el Maharajá era endiabladamente pedregoso y duro. Las piedras redondeadas y pulidas afloraban desde las profundidades del suelo, y pensé que, en su interior, la tierra guardaba secretos de gran trascendencia.

¡Diablos, olvídate ya del interior de la tierra!

Observo con suspicacia las manchas grises de la panza del Maharajá, que finge no verme. ¿De qué va?

Entonces, en mi cabeza brota un pensamiento alarmante: si en alguna de las muescas se ha metido un caracol, estoy acabado. Naturalmente, decido recorrer el Maharajá en top rope una vez más.

"El arnés no hace más que limitar el movimiento, así que fuera"

Subo corriendo a la cumbre del Turnia Pokutników para anclar la cuerda, zigzagueando por entre los resaltes ásperos y calientes de la arista. Me abrazo a ellos como si fueran animales amables y se me van de la cabeza los pensamientos absurdos sobre el interior de la tierra. Escalo el Maharajá una vez más, con la cuerda por arriba. No me va mal, aunque algo peor que otras veces. No descubro ninguna trampa: no hay caracoles en las muescas y todos los romos están en su sitio.

Se afianza en mí la difícil certeza de estar preparado. Quito el top rope, pero soy totalmente incapaz de acercarme a la decisión definitiva. Doy vueltas por el prado pedregoso, como si se me hubiera perdido algo. No encuentro un buen momento. ¿Cómo propiciarlo? No recibo ninguna señal y noto con preocupación cómo crece en mi interior la resistencia. ¿Qué ha sido de la audacia de los pétalos de eléboro? Uff…

De pronto, me doy cuenta, sorprendido, de que aún llevo puesto el arnés de escalada. Pero ¡si no me hace falta! El arnés no hace más que limitar el movimiento, así que fuera. Sin embargo, la maldita cautela no tarda en avisarme: cuidado, el arnés se ha convertido en una parte de ti, desde hace semanas, discretamente, ha formado parte de un frágil equilibrio. Me da miedo arriesgar ese equilibrio. Dudo, doy vueltas por el prado, voy y vengo. Mi prudencia me da asco. Iba a elevarme hacia la libertad, y mira por dónde, el arnés me agobia y se ríe de mí. Entonces despierta mi espíritu rebelde. ¡Fuera, a la mierda! Me quito el arnés y me quedo sólo con un pantalón corto marrón, de cuadros, ligero como una nube. Por un momento me siento desnudo. La desnudez aumenta la sensación de soledad y ésta, sencillamente duele. Pero no hay alivio por ningún lado, tan sólo el parloteo de la Madre y su amante, que no ayuda gran cosa. Además, de nada sirve aquí el amor al prójimo.

"Cada pensamiento trae consigo a su primo hermano, el miedo"

Demonios, tengo que controlarme. Estoy de pie, intentando fundirme con el ambiente. A mis pies, entre los bultos pedregosos, asoman escasas matas de hierba. El verde vivo de la hierba trae asociaciones sencillas: la hierba está viva - las piedras son duras - yo estoy vivo. No son buenos pensamientos, no los quiero. ¡Fuera! Cierro los ojos con la esperanza de que los pedruscos desaparezcan. Me rodea la oscuridad. Pero no, no es la oscuridad sino la penumbra moteada de bultos oscuros que ocultan el cruel mensaje: la hierba está viva, las piedras son duras… Estos pensamientos provocan rebeldía: ¿acaso no me había prometido aniquilar ideas como éstas? Intento mantenerme en un estado de vacío interior, sin pensamientos. El vacío está vacío, en él no podré volverme loco. Sin embargo, resulta difícil mantener este estado. Los pensamientos acechan, ágiles como lagartijas suspendidas bajo el cráneo. Basta con que baje la guardia para que la lagartija salga de su escondite: la hierba está viva, las piedras son duras… Cada pensamiento trae consigo a su primo hermano, el miedo. Uff, el miedo no es una lagartija veloz, es más difícil de espantar. El miedo es una sombra rastrera; siento cómo me envuelve y me rodea, implacable. Cuando alcance mi corazón, estaré perdido. ¡No, fuera! Abro los ojos y me inunda la claridad de Bolecho. Las lagartijas huyen. ¿Y la sombra? No lo sé…

Intento concentrarme en tareas sencillas, pero a medida que me acerco al paso definitivo, éstas resultan cada vez más difíciles e irreales. Mientras me pongo cuidadosamente los pies de gato, me fijo en lo extraña que es la forma del pie. ¿A qué mente privilegiada se le ocurriría el ingenioso invento de este calzado? No deja de maravillarme que los cordones estén hechos de cordón. Mientras me los ato, mis dedos se mueven como animalillos salvajes, ajenos a mi persona. ¿De veras soy yo quien los está atando?

Por encima de los cordones, en el límite de mi campo de visión, baila una sombra. No veo a su dueño, pero sé quién es: Gienek moviéndose en zigzag, agitado.

Mal asunto. En mi interior siento brotar la duda traicionera. Nace la terrible pregunta: ¿de verdad debo hacerlo? Siento la proximidad de algo aterrador, creo que es la desesperación. ¿No será que este reto me supera? Tal vez, sencillamente, soy demasiado débil. Pero la mera idea de rendirme me desespera aún más. Sé que si me echo atrás, jamás podré reunir las fuerzas necesarias para regresar a este lugar. Si retrocedo, tal vez continúe haciéndolo el resto de mi vida. Me veo arrinconado.

"El tacto amable de la roca cura mi mente enloquecida"

De pie, escucho el chapoteo sordo del arroyo y el gorjeo atenuado de la Madre con su amante, como si fueran sonidos filtrados de otra galaxia. De repente, se hace el silencio.

¿Qué ha pasado?

En seguida me doy cuenta de que, simplemente, ha cesado la risa de la Madre. El universo se sume en un gran silencio. Ese silencio tiene nombre: el canto del arroyo. Algo va mal, hasta el enamoramiento de la Madre se ha replegado. Siento todo ese terrible silencio dirigirse hacia mí. Intento esperar a que pase, pero la espera es como un dolor leve: con el tiempo, acaba matando.

Me invade la tristeza: te has pasado de listo, Animal. Ese toque de autocompasión actúa como una caricia de un ser querido: me infunde algo de confianza. Me agarro a ella y extiendo la mano hacia el mundo. Sorprendido, toco la roca: es rugosa y seca. Entonces, sucede algo bueno: el tacto amable de la roca cura mi mente enloquecida, como si me conectara a una corriente de alimentación. Es casi imperceptible, pero cesa la sensación de soledad sin remedio. Me alegro como un chavalín y continúo por el camino de la transformación positiva. Me agarro con más fuerza al borde de la fisura que conduce al techo negro y simulo tensar un arco invisible, esperando que su energía penetre en mí. Me siento más cerca del mundo real.

Arranco. Aunque no estoy seguro de que haya sido decisión mía. Ejecuto los movimientos despacio y con fluidez. Tras una serie de pasos fáciles me planto debajo del techo negro. Sin titubear, dejo caer el tronco hacia atrás y extiendo el brazo hacia un agarre escondido encima del techo. Lo supero fácilmente: es el punto de no retorno. En este momento me parece que estoy saliendo de una pesadilla. Siento alivio y tranquilidad. La sensación de ligereza y equilibrio me ayuda a encadenar los movimientos. Empiezo a sentirme orgulloso de estar subiendo, a pesar de todo, satisfecho con mi propio atrevimiento. Pero quiero más satisfacción y este minúsculo indicio de orgullo casi me pierde. Contemplo con osadía el tramo más difícil, enfrentándome directamente a mi reto: el punto donde debo alcanzar con la mano la finísima regleta, apenas más gruesa que la piel de los dedos.

"Agarrado a una muesca con un dedo me impulso fluidamente hacia el punto de no retorno"

Durante mis ensayos de la vía, nunca busqué esa regleta con la vista, dejando que mi cuerpo, con un movimiento fluido y perfectamente aprendido, encontrara por sí solo esa presa casi invisible. Esta vez miré y vi algo aterrador: unas abultadísimas manchas grises, con extrañas formas ovoides precipitándose hacia el cielo inclinado. ¿De dónde ha salido este cielo oblicuo? ¿Y dónde estaba mi regleta?

No podía salir del asombro. Detrás de él, se agazapaba el terror, y en su interior, ese algo oscuro cuyo nombre no debe ser pronunciado... Sabía que si vacilaba, me caería. Pero el cuerpo, animal sabio, más listo que la Mermelada, no se molesta en consultar con la cabeza febril de pensamientos. Agarrado a una muesca con un dedo de la mano izquierda, me impulso fluidamente hacia el punto de no retorno, hacia aquellas manchas grises, hacia el cielo oblicuo y, para mi sorpresa, la ansiada regleta aparece justo ante mi nariz, fina como la piel de los dedos. ¡La tengo!

Aquel fue el único momento de peligro durante todo el solo integral. Después, todo transcurrió como si estuviera sujetando una taza de café caliente, al amanecer, rodeado por escarcha plateada. Al llegar a la «cruz», donde no hay agarres para manos ni apoyos para pies y el cuerpo solamente puede mantenerse en la pared con su propio impulso, solté por dentro una risa guasona. Sabía que había ganado.

Con unos cuantos movimientos fluidos salí de la pared sombreada y me incorporé a la arista del Turnia Pokutników, inundada por el sol. Golpeado por la claridad del cielo estival, me reía frenéticamente: cada átomo de mi cuerpo estallaba en alegría.

Al desvanecerse la risa, el susurro lejano del arroyó se mezcló con la emoción, que derivó suavemente hacia la gratitud. La gratitud se fusionó con ese buen sentimiento que experimentamos a veces por nuestros hijos o por la mujer adorada, por la patria o el cielo estrellado. Pero en esta ocasión, mi sentimiento no se dirigía a la mujer ni a la patria, no esperaba nada ni exigía ser correspondido. Manaba de ninguna parte, como una nada alucinante y viva, llenándome y resplandeciendo sobre el valle hacia el infinito, irradiando el sentido de la unidad.

Flipante, ¿no os parece? Pero así es precisamente cómo me sentía.

Sobre el autor

Wojciech Kurtyka nace en 1947 en el sudeste de Polonia, en la zona montañosa de los Sudetes. Forma parte de la extraordinaria generación de alpinistas polacos que durante la década de los 70 y 80 consiguieron grandes escaladas en las montañas más comprometidas del planeta.

Estudió ingeniería electrónica. En 1978 abandona su profesión y se dedica en cuerpo y alma a escalar, su pasión. En las montañas de su entorno (Tratras y Alpes) se anota un buen número de primeras ascensiones en libre, algunas de ellas en invierno. En las grandes cordilleras de Himalaya, Karakórum e Hindukush abrió 11 nuevas rutas en grandes paredes y en estilo alpino, 6 de las cuales en ochomiles. Destacan las nuevas rutas abiertas en el Gasherbrum I y II junto al mítico Jerzy Kukuczka, con el que formó cordada en otras comprometidas ascensiones.

 

Un 'thriller' psicológico de montaña:

El maharajá chino

El maharajá chino

de Voytek Kurtyka.

Un relato que podemos catalogar como el primer thriller psicológico de montaña. Entre estas páginas, a lo largo de este relato fantástico descubriremos el particular mundo interior de Kurtyka, a veces oscuro y hasta terrorífico, y otras veces vital y luminoso, pero siempre lleno con un humor brillante. Una realidad paralela que Kurtyka nos transmite magistralmente con las palabras, descubriéndose sobre todo con este libro como un gran escritor artífice de esta pequeña gran obra.

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