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KURT DIEMBERGER: ENTRE CERO Y OCHO MIL METROS

Más que deporte: los asuntos “imprevistos” de una expedición

Tras una escalada de éxito hay mucho más que deporte. La relación con los patrocinadores, con los medios de comunicación o incluso con los ofendidos por temas inesperados son escollos que también hay que salvar. No es nuevo: ya le pasó a Kurt Diemberger en 1958 cuando escaló la norte del Eiger.

Lunes, 3 de Abril de 2017 - Actualizado a las 09:59h.

Portada del libro: Entre cero y ocho mil metros, por Kurt Diemberger
Portada del libro: Entre cero y ocho mil metros, por Kurt Diemberger

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Que un alpinista famosos salga en la portada de un periódico con un casco de escalada puede hacer que se dispare su uso entre los aficionados. Si comenta despreocupado que unos pantalones le dieron guerra en la montaña también puede despertar el odio del fabricante porque ha amenazado sus ventas. Como en la propia escalada, hay situaciones alrededor de una expedición que necesitan movimientos delicados para no desencadenar aludes. Lo saben los alpinistas punteros de hoy y quienes lo fueron hace años, como Kurt Diemberger, que recuerda las consecuencias que tuvo su escalada a la norte del Eiger en su libro Entre cero y ocho mil metros, que acaba de reeditar Ediciones Desnivel.

Mientras cae la noche, después de treinta y tres horas de escalada y un vivac, después de dos días frente a frente con la gigantesca pared, llegamos por fin a la cumbre [del Eiger] y hablamos de nuevo con seres humanos.

¿Algo más que decir? Sí, más de uno se había enfurecido con nosotros. Porque no nos habíamos comportado como puros idealistas, consignando gratuitamente fotografías, artículos y relaciones. En realidad, hoy me doy perfecta cuenta de que entonces nos comportamos como pésimos hombres de negocios, sin conseguir financiarnos ni siquiera una tercera parte de nuestra temporada alpinística.

El negocio lo hicieron otros; el bosque de los periódicos europeos se agitó: no hubo diario que no informara de ello, ni revista gráfica que no dedicase alguna página. Tal vez porque desde hacía unos años todo había ido mal en el Eiger y nosotros habíamos sido los primeros en romper el sortilegio.

"Si gran parte de los escaladores de primera fila reforzaron su cráneo, esto se debió en buena medida a nuestra ascensión"

Es imposible prever las consecuencias que puede tener una ascensión de este género; por ejemplo, la producción de cascos de escalada se había interrumpido prácticamente, o al menos esto estaba en vías de suceder. Y he aquí que de improviso, y por primera vez, aparecen en todas las revistas ilustradas un par de cabezas cubiertas con sus cascos... La producción recibió con ello un nuevo impulso. Nosotros, en cambio, no obtuvimos ninguna ventaja, pero si a partir de 1958 gran parte de los escaladores de primera fila reforzaron su cráneo, esto se debió en buena medida a nuestra ascensión. Porque nadie sabe sustraerse a las lisonjas de una buena publicidad, ni siquiera los alpinistas. Y tal vez por ello se hayan salvado en el Eiger tantas vidas como antes se perdieron.

Rebusco en la caja de las viejas cartas: ¡Aquella vez ocurrieron cosas divertidas! Junto a un telegrama de felicitación de la Embajada Austríaca, encuentro una tarjeta del Círculo de Jugadores de Bolos Rechter Bauer (El auténtico campesino), de Düsseldorf: «¡Idiotas, creéis haber realizado algo importante... trepando como monos!». ¡Y lo habían escrito profundamente convencidos!

"En aquella ocasión Bianca me había salvado la vida. Le regalé mi casco"

O bien: el dueño de una fábrica de tejidos de Vorarlberg estaba desesperado, porque a la pregunta de un periodista acerca de los pantalones de escalada confeccionados en pana, yo había respondido que se comportan como esponjas y que, una vez mojados, no sirven para nada hasta que se secan. Lo había dicho profundamente convencido. Los alpinistas y los jugadores de bolos no tienen pelos en la lengua...

Por entonces yo ignoraba una cosa: que aquella firma producía una pana especial. Una pana que no se empapa. Muy fuerte, en todos los colores... Con la cual he mandado hacer pantalones a todos mis amigos.

¿Y qué fue de mi casco? ¿De mi bueno y viejo casco que había soportado tantas adversidades sobre la Eigerwand y que también me había protegido en la norte del Cervino? Ya no existe, quedó destrozado por una piedra en Turquía. Fue su último título de mérito: la cabeza que iba debajo quedó intacta. La cabeza de Bianca.

Bianca di Beaco, de Trieste, una de las mejores alpinistas italianas. Cuando, subiendo al refugio de la Aiguille Noire, en un paso fácil pero expuesto, quedé balanceándome de pronto en el vacío al romperse una presa, ella me sacó de un tirón diciendo «¡Un litro de vino!», como es costumbre en tales casos en el ambiente alpinista. En aquella ocasión Bianca me había salvado la vida. Le regalé mi casco.

El libro estará a la venta próximamente. Aprovecha la oferta de prepublicación:

Portada del libro: Entre cero y ocho mil metros, por Kurt Diemberger

Entre cero y ocho mil metros

por Kurt Diemberger

Con esta nueva edición —veintidós años después de su publicación por primera vez en España— queremos recuperar uno de los grandes clásicos de la literatura de montaña. En palabras del propio Diemberger, «es el libro de mi juventud. Lo escribí pensando que no iba a escribir otro, por eso puse todo mi corazón y mis ideas en él. Estoy muy satisfecho y lo considero mi mejor libro».

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