Luis Fraga y Miguel A. Vidal han decidido cambiar de vía. Antes, ascensión al C1 para desmontar las tiendas Foto: Exp. Española K2 2002
20 de Julio. Campo base K2
El alud del 13 de julio que se llevó a Sher
Ajman no sólo arrasó el espolón Cesen por donde habíamos subido o bajado
ocho veces. Ese alud pulverizó también toda la estrategia y los planes que
desde hace tanto tiempo habíamos trazado para escalar el K2. Esa madrugada,
poco antes de las 4'30, unos cuantos puntos luminosos subían por la pendiente
helada justo antes de caer la avalancha. Ayer, día 19, a la misma hora y en el
mismo sitio, de nuevo linternas. Y de nuevo respiraciones que se contienen en el
campo base, con la esperanza de que esos puntos no sean barridos por toneladas
de nieve.
De nuevo, por novena vez ya, medimos cada palabra y cada movimiento en la
oscuridad mientras pasamos por el mismo sitio en el que se desencadenó la
tragedia. Es imposible evitar el recuerdo de cómo hace sólo un par de semanas
escalábamos Sher Ajman todavía vivo. Con todo nuestro equipo aún al completo.
Pero ahora, mientras evitamos elevar la voz para no provocar nuevas avalanchas,
la pared ha cambiado de piel. Ahora se ven con más nitidez que nunca las formas
y los signos del peligro. Sabemos, también, que es la penúltima vez que vamos
a pasar por aquí.
Luis Fraga en el C1 de la vía Cesen, que ya han desmontado Foto: Exp. Española K2 2002
Adiós al espolón Cesen
La decisión está tomada. Hemos reconfigurado nuestra estrategia e
itinerario de ataque. Las nevadas y ventiscas acumuladas en varias capas durante
los más de 30 días que llevamos aquí nos mueven a ello. Nevadas increíbles
que ni siquiera hemos visto en Patagonia. Los estratos amontonados de nieve
inestable y la persistencia casi diabólica de este mal tiempo, origen y causa
de todo lo demás, nos han hecho tomar la única decisión razonable, sobre todo
tras haber perdido de golpe a seis miembros de la expedición: los dos sherpas,
que se niegan a subir por la Cesen, los dos cocineros, y los dos porteadores de
altura. Así, la única decisión posible es intentar la vía de los Abruzos.
Sabemos que nuestras posibilidades son muy escasas, y que sin campos
intermedios ni depósito alguno en la pared fijados con antelación resultará
muy difícil llegar a la cumbre. Pero hemos de luchar y jugarnos todo a esta
última carta. Mientras, ayer pasábamos con el ánimo encogido por las
pendientes barridas por el alud, aunque lo hacíamos por última vez, con la
intención de desmontar el C1 (6.300 m).
Al día siguiente, un nuevo alud barría el espolón Sur-Sureste del Chogori Foto: Exp. Española K2 2002
Otra avalancha...
Superar esos 1.400 metros de desnivel llevó poco tiempo, pues nevaba con
fuerza. Y había que darse prisa. Justo el tiempo para desmontar las tiendas
(imprescindibles para la nuevo vía que intentaremos subir) y empezar a bajar.
De vuelta, cargados como mulas, nuestras miradas se dirigieron hacia el lugar,
dos mil metros más arriba, donde partió el alud. No eran miradas de pasada, ni
gestos rutinarios. Se trataba de un adiós a esta pared.
Pero había algo litúrgico en esas miradas Aún quedaban unos 400 o 500
metros hasta la base. Si cayese un alud, el momento no podría ser peor. De
manera que, nuestra vista, mucho tenía de oración. Íbamos sin cuerda. Igual
que nuestro amigo cuando fue sorprendido por el alud. No podíamos permitirnos
una caída. Consultamos el reloj: las 12 del mediodía, la peor hora para los
aludes. Un día después escribimos esta crónica, y mientras lo hacemos, un
sonido nos ha sobresaltado. Otro alud. Miramos a la pared. Una avalancha inmensa
barre, seguida por nuestros ojos atónitos, nuestras huellas de ayer a
mediodía.