Descubriendo la escalada en grandes paredes a los 17 años. Foto: Charlie Row
En plena campiña francesa, escondido en un cañón de paredes calizas de color azul aterciopelado, se encuentra el pueblo de Boux. Se trata de una tranquila aldea de antiguas casas de piedra, viñedos salpicados y bosquetes de robles retorcidos en los que los viejos dejan hozar a sus mimados cerdos en búsqueda de esa curiosa delicia local que es la trufa. Más arriba, en las rocas que se elevan sobre el pueblo, desgastadas por el agua quedan ruinas de escalinatas, acueductos, estancias y galerías talladas hace mucho tiempo por moradores medievales de esas paredes en las que se resguardaron durante las guerras religiosas allí habidas.
El aire en Boux es tranquilo, excepto por el chirriar de las cigarras o la voz ocasional de un escalador que le grita a su compañero en el suelo: "¡Puedes soltar!". No en vano Boux es una de las zonas de escalada más famosas de Europa. También es el lugar en el que estuve a punto de perder la vida.
Fue el día 9 de mayo de 1989 y, mientras recorría los quince minutos de camino que llevan hasta las paredes, pensaba en mi vida y en lo bien que parecía irme todo. Era una americana de veintiocho años que viajaba por Francia y me ganaba la vida como escaladora profesional. Sólo tenía que girar la cabeza para mirar hacia abajo y ver un Ford nuevecito, azul metalizado, que acababa de ganar en una competición de escalada en Munich, Alemania.
Sin cuerda en High Exposure, en los Gunks, 1984 (IV). Foto: Ned Gillette.
Parecía increíble, extraño y hasta algo perverso que pudiera ganar coches y premios en metálico y ser anunciada como una estrella en revistas y en la televisión por escalar en roca, un deporte que para la mayoría de la gente seguía siendo un completo misterio. Pero le tenía cogido el truco a ganar en las competiciones de escalada que estaban tan de moda en toda Europa, y estaba considerada como la número uno de ranking del circuito de competición de escalada deportiva. En esas competiciones, los participantes tienen que escalar una estructura artificial sobre la que se ha montado una vía difícil a base de presas de resina plástica para manos y pies. Dichas presas pueden ajustarse y se supone que simulan las características de la roca natural. Las pruebas tienen lugar dentro de pabellones polideportivos y las paredes, iluminadas por focos y soportadas con andamiajes de acero, paneles de madera y resina, se moldean con formas que recuerdan a castillos abstractos. Esas paredes artificiales difieren bastante de las de roca natural sobre las que yo aprendí a escalar, y el reto de competir me pareció excitante. Poder vivir de algo que me satisfacía tanto en lo personal parecía algo demasiado bueno como para ser cierto.
Eso era lo que pensaba aquel día cuando caminaba hasta el pie de las vías junto a Russ Raffa, con quien me había casado hacía siete meses. En la base de la pared gris azulada dejé mi mochila sobre una plataforma que configuraban los nudos de las raíces de un árbol y desvié mis pensamientos hacia la rutina de prepararme para escalar.
Quién sabe los miles de veces que me habré despegado del suelo para escalar los treinta metros que suelen tener este tipo de vías y habré pasado mi cuerda por el descuelgue para que mi compañero me baje de nuevo a tierra. Esa rutina era algo tan intuitivo como andar en bicicleta o arrancar un coche. Tanto que rara vez dedicaba tiempo a pensar en ella.
La pared hacia la que nos dirigíamos se llama Styx Wall, en honor al río del paraíso de la mitología griega sobre el que deben pasar las almas de los muertos. Y el nombre de la vía que nos disponíamos a subir era Buffet Froid. Todas las vías tienen un nombre y por alguna extraña razón los escaladores que la abrieron la bautizaron así por el aperitivo frío que se sirve después de un funeral.