Prácticas de aseguramiento en roca. Foto: Col. Terray
Durante el verano de 1945 mi destino cambió. El alpinismo, que hasta entonces había sido la afición dominante de una vida aún sin definir, se convirtió en mi pasión, en mi tormento y en mi trabajo. El tiempo era excepcionalmente bueno y estable. Durante la semana, junto con los otros instructores, llevábamos a nuestros alumnos todos los días hasta las cumbres. Aunque no eran ascensiones de gran categoría,
resultaban largas y difíciles, y lo lógico era que el sábado, tras haber realizado cuatro o cinco escaladas sucesivas, hubiera tenido un merecido descanso. Pero no ocurría así: en lugar de calmar mi pasión, estas escaladas no hacían más que exaltarla, y aspiraba a emplear mis energías intactas en combates más duros. El fin de semana, a veces sin haber pasado ni un momento por mi casa, partía de nuevo hacia las cumbres con el primero que
aceptaba seguirme. Cuando, con el alba del domingo, el disco del sol aparecía detrás de las brumas azuladas de la lejanía haciendo enrojecer repentinamente las mil llamas de piedra que hay por encima de la tierra de los hombres y lanzándolas hacia el cielo, nosotros ya luchábamos desde hacía tiempo persiguiendo la grandeza y la belleza. Acumulaba ascensiones a un ritmo vertiginoso, realizando cinco o seis seguidas. Incluso otras veces, cuando
estábamos de vuelta en el refugio antes de mediodía, me esforzaba por convencer a un amigo para acabar la jornada con una nueva escalada. Nada era más importante para mí. Esta pasión frenética me devoraba por completo. Viviendo a las puertas del cielo, había olvidado que pertenecía a la tierra. Mal alimentado por el ejército, estaba tan delgado que daba miedo, mis ojos parecían inmensos y mi cara estaba demacrada. El equilibrio en mi casa se estaba rompiendo: cansada de que prefiriese
la montaña a ella, mi mujer amenazaba con dejarme. Pero nada me afectaba, ni el cansancio ni las penas del corazón. Las cimas estaban allí, centelleantes bajo la luz, y su llamada era más fuerte que mi razón. En esta época, los oficiales de la E. H. M. eran todos más o menos alpinistas y Édouard Frendo, que dirigía una parte de los cursos, era uno de nuestros mejores montañeros. Con excepción de uno, todos estaban muy dispuestos y se mostraban
muy comprensivos con las tareas voluntarias, incluso se diría manifiestamente humillados en relación con los monitores asalariados. Peor pagado, yo vivía prácticamente como un civil. Aparte de la instrucción, a la que me entregaba con la misma pasión que al resto de actividades, no se me pedía casi nada. La vida hubiera sido maravillosa sin cierto capitán mezquino y puntilloso al que, no contento con aburrirnos con discursos y conferencias sin fin, se le metió en la cabeza hacerme
respetar un poco más la disciplina militar. Alpinista timorato y mediocre, envidiando sin duda mi facilidad y mis éxitos, comenzó a buscarme las cosquillas con detalles ridículos. La primera vez la tomó conmigo porque no llevaba ni galones ni insignias, pero así y todo, el motivo no era demasiado importante para dejarme sin mi día libre de domingo. La segunda vez consiguió sorprenderme sin la boina a diez metros de los cuarteles; eso era, o
parecía ser, un crimen, una actitud de dejadez, una falta de respeto incalificable, y me advirtió que desde ese momento no podría salir más a la montaña en domingo sin pedir permiso. Afortunadamente, el comandante no me lo negó jamás. Finalmente, ¡un día triunfó mi enemigo! Durante la semana, una violenta fiebre me tuvo abatido pero, el viernes, las fuerzas comenzaron a refluir a cálidos borbotones en mis músculos. El cielo estaba de un azul
de sueño. Allí arriba, la montaña me llamaba con voz potente. Me fue imposible resistir. Con las piernas todavía un poco flojas, bajé al pueblo en busca de un compañero. En la plaza de correos, entre las grises construcciones sin estilo y sin gracia, la multitud disfrazada del Chamonix estival se agitaba en todos los sentidos. En mitad de gordas mamás en pantalón corto y de jefes de oficina ataviados con gorras de carnaval, me encontré por casualidad con un alpinista parisino de cuyas
dotes de escalador de roca me habían hablado muy bien: el doctor Jacques Oudot. Oudot fue, más tarde, uno de mis compañeros de la expedición al Annapurna, en la que su coraje y su abnegación fueron ejemplares. Pero en esa época apenas le conocía. A primera vista, este hombre, ya famoso cirujano, no tenía para nada el físico de un escalador virtuoso. Pequeño, achaparrado, casi calvo, con la tez pálida y nada guapo de cara, parecía mucho más un
hombre de ciudad marchitado por el aire maloliente de los laboratorios y de los hospitales. Pero, cuando te acercabas a él, tanto sus pequeños ojos oscuros, profundamente hundidos en las órbitas, como toda su persona, desprendían una extraordinaria impresión de energía. De hecho, es uno de los alpinistas más valientes que he conocido jamás, y su asombrosa fuerza era desproporcionada si se comparaba con su físico. Desde el primer contacto, le
tomé una gran simpatía y, sin preámbulo alguno, le pregunté si quería venir conmigo a intentar la cara norte de los Drus. A pesar de la gran reputación que encerraba todavía esta pared, aceptó sin dudar. En aquel tiempo, la cara norte de los Drus sólo había sido escalada cuatro veces. Todas las cordadas habían debido vivaquear y el pasaje clave, la fisura Allain, pasaba por ser una de las más difíciles de los Alpes. Previendo pasar la noche
en las plataformas del pequeño glaciar suspendido que corta la pared a media altura y que se llama el nicho, habíamos cogido el primer tren para el Montenvers, y a media mañana subíamos lentamente, bajo un sol implacable, a través de los empinados pastos cubiertos de rododendros. El aire estaba lleno de esa lánguida suavidad que confiere el viento del sur y nos parábamos a menudo. Oudot estaba feliz como un crío y parecía que había
rejuvenecido diez años. Cuando sonreía, su aspecto un poco torpe y brutal se transformaba en una asombrosa dulzura. A pesar del calor agobiante y de los restos de cansancio dejados por la enfermedad bastante misteriosa que me tuvo fuera de combate durante varios días, comenzamos la escalada en las primeras horas del mediodía. Mientras progresábamos bastante lentamente por penosas fisuras, enormes ráfagas de piedras pasaban por encima de nuestras
cabezas, desapareciendo en el vacío de 300 metros que se abría por debajo de nosotros. El verano había sido seco y con el calor del final del día lo más normal eran las caídas de piedras. Habíamos remontado la fisura Lambert cuando un desplome me pareció demasiado difícil para ser franqueado conservando sobre la espalda la pesada mochila que lastraba mis hombros. Estaba vuelto hacia atrás para confiar mi carga a Jacques, con la finalidad de
poder izarla después con la cuerda. Ataqué el desplome, y presas que no había visto desde abajo me permitieron subir más fácilmente de lo que había pensado. Un restablecimiento más y pondría pie en un corredor poco inclinado, pulido por la erosión. Mi cabeza emergería entonces por encima del abismo. Pero fue entonces cuando me percaté de la existencia de un bloque gigantesco de unos 30 metros cúbicos que, colocado en mitad del hielo de el nicho, se puso a rodar hacia mí con
un lento movimiento. A toda velocidad, me acurruqué bajo el desplome esperando verle derrumbarse por el peso de la enorme masa de piedra. Se oyó un enorme estruendo. Llevado por su impulso como un saltador de trampolín, el bloque pasó a menos de un metro de mí, continuó su loca carrera durante 20 o 30 metros a lo largo de la pared para luego, con el zumbido que hubiera producido una bomba, abatirse volando sin parar hasta la morrena, desde donde se
elevó rápidamente una nube de polvo. Cinco alpinistas que se preparaban para instalar su vivac a cierta distancia me contaron más tarde que el bloque había cavado en el hielo un cráter de unos dos metros de profundidad. Paralizados por el miedo, nos quedamos en el mismo sitio hasta que la helada nocturna fijó de nuevo la montaña, y sólo continuamos la escalada cuando la noche hubo alcanzado el silencio
infinito de las estrellas. Pero el corredor situado bajo el nicho se había transformado en un torrente debido a una jornada demasiado cálida. La oscuridad nos restaba habilidad y nos impedía escalar las placas más delicadas, situadas a una y otra parte del fondo del corredor. Debimos subir por el mismo torrente y, completamente calados, alcanzamos el emplazamiento de nuestro vivac.