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HOMENAJE A LOS PIONEROS DEL SENDERISMO

El Día del Camí de Muntanya vuelve a Tivissa, donde se pintó la primera señal de GR en España

El próximo domingo 16 de octubre se va celebrar en el pueblo tarraconense de Llaberia, el 47º Día del Cami de Muntanya, un evento que en el año 1975 vio nacer el primer sendero de gran recorrido en España, y que este año regresa a Tivissa, donde todo comenzó hace 36 años.

Grandes Espacios - Jueves, 13 de Octubre de 2011 - Actualizado a las 12:10h.

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Cartel del 47 Dia del Camí de Muntanya.
Cartel del 47 Dia del Camí de Muntanya.

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  • Cartel del 47 Dia del Camí de Muntanya. Cartel del 47 Dia del Camí de Muntanya.
  • El doctor Enric Aguadé, que junto con Joan Cullel, pintó la primera señal de un sendero GR en España. La foto es de 1999. El doctor Enric Aguadé, que junto con Joan Cullel, pintó la primera señal de un sendero GR en España. La foto es de 1999. (Rafael López Monné)

Hace algo más de 47 años, el doctor Joan Domènech, miembro de la sección de montaña del club Reus Deportiu, logró reunir y coordinar a varios clubes excursionistas de Tarragona para recuperar y señalizar varios caminos tradicionales de la sierra de Llaberia que se estaban perdiendo.

De aquellas reuniones nació la idea de celebrar en 1965 una jornada en el que se presentaría un camino que había sido limpiado y marcado con señales verticales.

Desde aquél lejano 1965, todos los años, en otoño, se celebra el Dia del camí de Muntanya, con el mismo propósito: presentar en sociedad un camino tradicional que ha sido recuperado por un club excursionista en cualquier punto de Cataluña.

Este año, la fiesta senderista cumple su 47 aniversario, y el Club Excursionista Reddis, anfitrión del evento, lo va a celebrar de una manera especial, pues la cita es en la sierra de Llaberia, allí donde hace 36 años, y coincidiendo con el Dia del Camí de Muntanya de 1975, la pareja formada por Enric Aguadé y Joan Cullel pintaron en el municipio de Tivissa, concretamente en la ermita de Saint Blai la primera señal de sendero de gran recorrido que se señalaba en España.

Por eso, la fiesta que normalmente reúne a entre trescientos y trescientos cincuenta personas, este año reunirá a medio millar de aficionados que homenajearán a aquellos pioneros, algunos en primera persona, como Enric Aguadé, que pese a sus noventa años y a tener muy reducida su movilidad, ha confirmado su presencia, y otros ya desaparecidos, como Joan Cullel y Jaume Montserrat, en la persona de sus hijos

Aprovechando la efeméride, la Federación de entidades Excursionistas de Cataluña (FEEC) inaugurará una exposición en la que reflejan la “prehistoria” del fenómeno senderista en Europa y la implantación en nuestro país. Esta exposición recorrerá toda Cataluña y después será cedida a aquellas federaciones o clubes del resto de España que lo soliciten.

 

ENTREVISTA A ENRIC AGUADÉ

En marzo de 1999 la revista Grandes Espacios publicó una interesante entrevista de Rafael López Monné a Enric Aguadé. A pesar de los años trasncurridos, las respuestas del "doctor" siguen siendo imprescindibles para conocer los precedentes del senderismo en nuestro país tal y como hoy lo conocemos. Por esta razón la reproducimos a continuación.

ENRIC AGUADÉ. PADRE DE LOS GR

Enric Aguadé Sans es «el doctor». Este médico de profesión, nacido en Reus en 1921, es considerado como el «padre» de los GR catalanes y, por extensión, de los españoles. A juzgar por su edad, su ánimo y los miles de kilómetros que se han esfumado bajo sus pies, no puede ponerse en duda aquel lema de los senderistas franceses: «Una jornada de camino, una semana de salud».

El doctor sigue ejerciendo como médico, pero además de pacientes y medicinas, su vida ha estado rodeada de montañas desde que era niño. Hace casi veinticinco años, cuando empezó a serenar sus actividades como alpinista, la pintura blanca y roja entró en su vida para siempre. De sus manos, junto con las de un buen puñado de excursionistas catalanes, nació el primer sendero de Gran Recorrido de la Península, el GR 7. Los franceses lo habían traído desde Austria hasta los Pirineos y animaron a continuarlo para que algún día llegase a Gibraltar. Hoy, apenas ciento cincuenta kilómetros separan ese sueño, ese símbolo, de la realidad y Enric Aguadé espera poder completar andando, el próximo año, el último tramo del GR 7 que le falta hasta el Peñón. Sin duda será una excelente manera de celebrar el veinticinco aniversario de la primera marca de GR en España. Ahora, según nos cuenta, empieza a estar asustado. De un tiempo a esta parte se suceden los premios, reconocimientos y homenajes, y eso le suena demasiado a final, ¡cuando aún hay tantas cosas por hacer! Lo encontramos corrigiendo su último libro, dedicado a los caminos de Santiago en Cataluña, el cual se añadirá a otras doce publicaciones más entre guías de excursiones, las primeras topoguías de senderos y estudios sobre caminos históricos, inundaciones o sobre topónimos ibéricos. Pero es que, además, no deja pasar la ocasión para recordarle a este ocasional entrevistador que tenemos pendiente colocar un poste de señales del GR 171 en lo alto de una cresta del Montsant.

P.- Siempre ha sido un enamorado de los mapas, aunque no en todas las ocasiones los ha tenido delante para preparar excursiones u orientarse en una marcha, ¿no es cierto?

R.- Sí, durante la Guerra Civil estuve como cartógrafo en la 42 División del 3er Batallón del Ejército Republicano. En la Batalla del Ebro, por ejemplo, se me encomendó cartografiar los nidos de ametralladoras que el ejército de Franco tenía en la otra orilla del río. Estuve ocho días en el Castellet de Banyoles, la colina donde los íberos construyeron su poblado, junto con una escuadra de cinco observadores. Siempre había uno vigilando y me avisaba si veía a alguien moverse en el otro lado. Podía ser un campesino, pero si de repente desaparecía bajo tierra quería decir que allí había una trinchera y yo debía localizarla sobre el mapa para después hacerlo llegar a mis superiores.

P.- Hablando de sus superiores, creo que conoció a su jefe años más tarde, por casualidad y en circunstancias muy diferentes, afortunadamente.

R.- Cierto, la anécdota es muy buena. Estábamos haciendo una excursión entre Morella y Ares del Maestrat por un terreno muy complicado y, de pronto, el que hacía de guía se paró diciendo: «Por aquí tenía que pasar un camino, pero no lo veo por ningún sitio». Yo pedí consultar el mapa que alguien traía, lo extendí y con la brújula que siempre llevo marqué el norte, tomé dos referencias, una montaña y un campanario, sabiendo los ángulos y con un lápiz marqué el barranco donde debíamos estar y señalé que el camino debía pasar unos 300 m más arriba. Entonces oí que decían: «bueno, para regresar al coche vamos a probar esto del barranco», y efectivamente, al cabo de unos doscientos y pico de metros encontramos el camino y me dedicaron un aplauso. En aquel momento, uno de ellos me preguntó: «usted es médico ¿verdad?, entonces ¿quien puñetas le ha enseñado a interpretar tan bien los mapas?». Yo le expliqué que había sido cartógrafo en el ejército y descubrimos con sorpresa que él había sido mi jefe, es decir, quien recibía mis mapas. Era Vicente Peñafort, el «padre» de los senderos valencianos.

P.- Usted ha sido un experto marchador y organizador. ¿Qué marchas recuerda con mayor intensidad?

R.- La primera marcha colectiva fue hace 34 o 35 años, cuando los caminos todavía no estaban marcados, aunque ést­a no la organicé yo. Fuimos de Reus a Montserrat, 108 kilómetros a pie. La verdad es que estuvo muy mal programada de horarios, etc., de tal manera que, de las veintiocho personas que salimos, sólo ocho llegamos andando, los demás lo hicieron en autobús. Entonces aprendí todas las dificultades que conlleva organizar este tipo de marchas. Al año siguiente me encargaron organizarla a mí, y de cuarenta y cinco que salimos llegamos cuarenta y tres (porque una joven operada del menisco se resintió y su novio decidió acompañarla). Después recuerdo la marcha de Reus a Núria, y las dos veces que he ido de Reus a Lourdes (350 kilómetros). Siempre llegábamos prácticamente todos los que salíamos y esto representaba una gran satisfacción para mí.

P.- En 1964, los excursionistas de la provincia de Tarragona organizaron por primera vez el «Día del Camí de Muntanya» que, según parece, constituye una de las primeras actuaciones, a nivel nacional, de reconocimiento del valor y utilidad de los viejos caminos. ¿Cómo nació la idea? ¿Qué papel tuvo en todo ello su amigo y colega el doctor Joan Domènec?

R.- El doctor Domènec fue un gran viajero y alpinista. En su tiempo, él ya tuvo la idea de hacer las cumbres más altas de cada continente. Escaló el Elbruz, el Kilimanjaro, el McKinley, el Fujiyama, el Koscinska en Australia, y realizó una primera salida de reconocimento hasta el campo base del Everest; pero mientras estaba subiendo el Aconcagua, una hemorragia le obligó a suspender la expedición. Ésta supuso, además, el inicio de la enfermedad que ocasionó su prematura muerte. En uno de sus viajes a Suiza quedó muy impresionado de ver que en todos los cruces de los caminos de montaña había postes indicadores de las diferentes direcciones. Esta constatación coincide en el tiempo con el momento álgido del éxodo rural en nuestro país. Nuestras montañas y masías se fueron vaciando, los caminos iban quedando abandonados y a los caminantes les costaba cada vez más encontrar paisanos a los que preguntar por tal o cual lugar. Con el apoyo de las 25.000 pesetas anuales que consiguieron de la Diputación de Tarragona -del Departamento de Vías y Obras-, el doctor Domènec, respaldado especialmente por su club, el Reus Deportiu, inició la tradición, mantenida hasta hoy, de recuperar algún viejo camino año tras año.

P.- ¿Como nació la idea de marcar un GR en Cataluña?

A finales de 1972, la Federación Francesa de Turismo Pedestre se dirigió a la Federación Española de Montañismo para sugerir la continuación hasta Gibraltar del sendero que desde Austria llegaba a los Pirineos. Ni en Madrid ni en Barcelona nadie sabía muy bien qué eran los Senderos de Gran Recorrido, pero se pasó la petición a la Federación Catalana, donde se constituyó en 1973 un comité para estudiar el tema.

P.- ¿Cómo entró usted a formar parte de ese comité?

R.- Joan Domènec era delegado provincial en la Federación Catalana de Montaña, pero al ser escogido presidente del Colegio de Médicos de Tarragona me traspasó a mí estas responsabilidades. Bueno, de hecho entonces todavía se nombraban estos cargos a dedo desde Madrid. Esto era en el año 1974. Gracias a que desde 1964 se venía celebrando el «Día del Camí de Mun­tanya» se fue formando en esta zona de Tarragona un plantel de excursionistas que sabían cómo buscar un camino, cómo desbrozarlo y cómo colocar postes indicadores y señales. Por esta razón me llegó el encargo de empezar el futuro GR 7 en la provincia de Tarragona.

P.- ¿Cómo organizaron el trabajo?

R.- En primer lugar reuní a los responsables de doce de las catorce entidades excursionistas que entonces había en la provincia y nos dividimos los 250 kilómetros que hay de Pontils a Fredes. Cada entidad nombró uno o dos cuidadores que empezaron a estudiar un posible recorrido. A continuación, yo los fui acompañando y recorrimos cada tramo marcando con spray blanco los puntos más complicados. Posteriormente, tres representantes del comité realizamos la travesía completa en una semana y entonces decidimos que se podía empezar a pintar. El 2 de marzo de 1975 se pintó la primera señal en la pequeña ermita de Sant Blai, en Tivissa. Joan Cullell pintó la banda blanca y yo la roja.

P.- Ya resulta curioso que la primera marca de GR no se pintara en alguno de los lugares simbólicamente más emblemáticos para el excursionismo barcelonés, como Montserrat o el Montseny, pero ¿cómo es que se escogió una pequeña ermita en un lugar casi escondido de las Muntanyes de Tivissa?

R.- Todo tiene una explicación. Francesc Estivill, presidente de la Secció de Muntanya del Reus Deportiu era probablemente la persona que más experiencia tenía en trabajos de recuperación y señalización de caminos, y por eso se quedó con el tramo del recorrido más difícil, en una zona que apenas nadie conocía, la que iba desde el pueblecito de Llaberia hasta el paso del Ebro en Benifallet. Por esta razón, en reconocimiento a su esfuerzo, se pintó la primera marca en su sector. Además, Tivissa queda más o menos en el centro de la provincia de Tarragona.

P.- Cuando empezaron a recorrer los caminos marcados como GR, ¿se dieron cuenta de que «hacían senderismo»? es decir, ¿lo consideraron como una nueva actividad?

R.- No, la palabra «senderismo» ha surgido ocho o diez años después de que nosotros empezáramos a pintar los primeros GR y ha coincidido con la difusión del marcaje de senderos en el resto de España y, en cierto modo, está ligada a la historia del GR 92. Se empezó a hablar de este sendero en 1989 y, en principio, fue ideado para que llegara la antorcha olímpica a Barcelona siguiendo la costa desde la frontera francesa. Cuando se dijo que la antorcha debía dar la vuelta a España se decidió prolongarlo hasta Ulldecona, al sur de la provincia de Tarragona, en el límite con Castellón. Finalmente, por exigencias de los patrocinadores, la llama olímpica fue siempre por carretera y no pisó ni un metro del GR. De todas formas se habló mucho del sendero y del senderismo en la prensa y yo recuerdo haber visto escrita por primera vez la palabra de manos de Llibert Carulla, el gran difusor del GR 92.

P.- ¿Tiene sentido hablar tanto de que un GR atraviesa regiones y países y tiene centenares o miles de kilómetros si, en realidad, prácticamente nadie se dedica a recorrerlo de arriba a abajo?

R.- Los GR tuvieron en principio el significado simbólico de unir naciones, pero es verdad que recorrer todo un GR es una idea poco practicada, aunque existen excepciones notables, como la de aquel canciller alemán que para conocer su país, lo atravesó andando por el sendero E-5 durante varios fines de semana, para gran enfado de todos sus guardaespaldas. Aquí, en Cataluña, donde ya vamos teniendo muchos GR, nos damos cuenta de que se recorren más los Pequeños Recorridos o los enlaces de un GR con otro para hacer rutas circulares de tres o cuatro días. De todas formas, con mi grupo de amigos hemos ido desde Tarragona a Austria, siguiendo senderos a lo largo de 1.500 kilómetros, durante cinco veranos, aunque siempre es engorroso eso de tener que llevar dos coches y dejar uno al principio y otro al final de la etapa.

P.- Cataluña ha desarrollado su red de senderos en base al trabajo voluntario, ¿cómo ve el futuro del voluntariado y la gestión de los senderos?

R.- Es interesante constatar que los únicos voluntarios que ha habido en la difusión y cuidado de los senderos en España han sido los de Cataluña y Valencia. Quizás sea verdad aquello de que encontramos satisfacción en el trabajo y que en otros lugares pesa más la visión de éste como un castigo bíblico (riendo). Por otra parte, si bien en Cataluña el mantenimiento y la gestión de la red de senderos aún está en manos de voluntarios, ya empieza a iniciarse una cierta profesionalización, porque es imposible mantener 5.000 kilómetros de senderos sólo con voluntarios.

P.- Como en todas las actividades humanas, el mundo del senderismo no es ajeno a rencillas, envidias y conflictos por el poder, o simplemente por la búsqueda de un cierto protagonismo. En cambio, usted siempre ha tenido fama de gran conciliador, ¿cuál es su secreto?

R.- Mi profesión es médico y, a pesar de nuestra supuesta superioridad científica, recuerdo a un profesor que tuve en la universidad que nos decía que el enfermo siempre tiene algo de razón y que, después de preguntarle qué le ocurría, la segunda pregunta debía ser «¿a qué cree que se debe?». No es que trate a mis compañeros excursionistas como a enfermos pero sí creo que este respeto por mis pacientes me ha llevado a no querer imponer nunca mi criterio sobre el de los demás. Evidentemente que ha habido diferencias, pero siempre he procurado argumentar mis opiniones y nunca he rayado un mapa diciendo «el sendero tiene que pasar por aquí». Quizás por esto no hay manera de que me dejen jubilar de mi cargo como presidente del Comitè Català de Senders.

P.- Después de tantos años cuidando y divulgando caminos, ¿qué le han dado éstos a lo largo de su vida?

R.- La gran satisfacción la he encontrado en el hecho de que detrás mío hayan surgido tantas otras personas, en Cataluña y en todas partes de España, con el mismo entusiasmo por los senderos. Pero el gran beneficio que he obtenido tiene que ver con esa frase que copiamos de los franceses y escribíamos en la portada interior de nuestras primeras topoguías: «Una jornada de senderos, una semana de salud». Gracias a los senderos pude recorrer de nuevo, con 77 años, los ciento ocho kilómetros que separan Reus de Montserrat en tres días.

P.- Ahora que hemos hablado de sus últimas excursiones, cuéntenos cómo surgieron las primeras, cómo empezó a salir a la montaña.

R.- Mi padre era de montaña, era cazador, iba a buscar setas, espárragos, caracoles cuando llovía, el caso era salir al campo. A los ocho años ya lo acompañaba para hacer «de perro» que decía yo, cuando cazaba una perdiz o un conejo. Él siempre buscaba un método de depredación cuando salía al monte, aunque sólo se tratara de recoger ramitas de espliego. Necesitaba encontrar un motivo práctico que diera sentido a la salida. Nunca entendió el salir por salir. En cambio mi caso es diferente, creo que no he ido nunca ni a buscar setas. No salgo a buscar, sino a ver.

 

 

 

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