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DOCUMENTAL

Chus Lago presenta en Madrid "Sola ante el hielo"

El documental sobre la expedición de la gallega en solitario hacia el Polo Sur se presentará el día 22 de abril en los Cines Yelmo Ideal de Madrid y en los Cines Yelmo Vigo el día 23

Jueves, 16 de Abril de 2009 - Actualizado a las 12:35h.

La película

Imagen de Sola ante el HieloImagen de Sola ante el Hielo

Con una cámara de vídeo, Chus fue grabando su experiencia hasta llegar al Polo Sur tras 59 días de expedición en solitario. Junto a las grabaciones que realizó un equipo de Canal+ durante dos años, se ha realizado "Chus Lago: sola ante el hielo". El documental se presentará el día 22 de abril a las 21 horas en los cines Yelmo Ideal de Madrid. Un día después, el 23 de abril, será la presentación en los cines Yelmo de Vigo a partir de las 20:30 horas.

Además, "Sola ante el hielo" permanecerá en cartel de los cines Yelmo, del 23 al 29 de abril (ambos incluidos) en Madrid, y los días 28 y 29 de abril en Vigo.

“¡Que ya llegué!¡Llegué!¡Llegué!”. Chus Lago enviaba el 10 de enero su alegría por el teléfono que le comunica con Galicia. Se fue al Polo Sur. Sola. Tres años de entrenamiento y 1.130 km de travesía. Se convirtió en la primera española que llega al mítico punto, y el primero de todos los celtas, iberos y demás parentela que lo logra en solitario.

Los 57 kilos de María Jesús Lago (n. 1964) comenzaron a tirar de su pulka el 11 de noviembre. Ese trineo enganchado a la cintura casi la duplicaba en peso con sus 113 kilos. Llegarán al Polo Sur tras 59 días de casi completa soledad. Casi. Las excepciones fueron una avioneta para un imprevisto reabastecimiento y escasas huellas de los esquís de otros pretendientes. Ningún otro signo de vida salvo su “montaña interior”, las llamadas a casa, y la comunicación con Patriot Hill. Un día después de ella según los registros, o algún día antes según Chus, alcanzaban la base Scott-Admunsen los canadienses Ray Zahab, Kevin Vallely y Richard Weber que acababan de batir el récord de velocidad al recorrer esos 1.130 km en 33 días. Mientras se miraban, comparaban medidas con las de Chus: tres tíos de ±80 kilos llevando pulkas de ±80 kilos. Y los fibrosos y musculados 57 kilos en 163 cm de Chus a la salida se habían quedado en 48 kg. Las condiciones fueron las mismas para todos: una superficie cubierta de nieve blanda que retenía el deslizamiento, o defendida por sastruguis que lo interrumpían, y, al menos en el caso de Chus, por un huracán de 150 km que la retuvo un par de días dentro de la tienda.

Riesgo y aventura

El trío acababa de quitarle un récord al americano solitario Todd Carmichael con 39 días, 7 horas y 49 minutos logrados el último 21 de diciembre. Esos récords cambiarán de mano. Chus ni los busca ni le gustan pero sí le llama hacer actividades poco o nada repetidas y que contengan riesgos y aventuras, incertidumbre con los mínimos medios posibles, pero los usará si hace falta para que nadie tenga que jugarse algo por ella. Sigue siendo la única española que subió el Everest sin oxígeno, y la segunda y única mujer Leopardo de las Nieves ibérico. Ahora es la octava de la lista de los españoles, primera y única mujer y además solitaria, que han pisado tan remoto como sorprendente lugar.

Para ir al Polo Sur unos salen de Hercules Inlet, otros de Patriot Hill, ¿qué diferencias hay?

Patriot Hill es la base civil en la que aterrizas y sales en avioneta hacia Hércules. Si quieres que la travesía se reconozca, o que sirva para los récords, debes salir desde el grado 79. La avioneta me dejó en el grado 80 y desde allí tuve que bajar hasta el 79. No estaba interesada en ningún récord, pero es la línea de salida.

¿Qué pasó con la comida?

Como empecé a adelgazar tan pronto tenía una obsesión con la comida. Pensaba en quedar con Julia para escalar, pero para escalar poquito y comer mucho. Tortilla de patatas. Iba sin reabastecimiento, pero como perdía tanto peso comía ración y media y se me estaba acabando. Como podía comer menos, pedí un reabastecimiento, que llega en avioneta, y a partir de ahí se me quitó la obsesión. Me fastidió porque quería hacer la travesía sin reabastecimiento, pero mejor eso que morirme de hambre o que me tuvieran que sacar. Qué le vamos a hacer. Lo intenté sin pero me hizo falta uno. No es mucho pero, bueno, forma parte de la historia como las dos horas y media de oxígeno en el Everest bajando.

Dos decisiones que te honran entonces...

En el caso del Everest no iba a usar oxígeno ni de broma para subir y para bajar… fue un poco extraño… No vamos a volver sobre ello ahora… Prefiero salir por mi propio pie a llegar al extremo de que me tengan que bajar. Lo prefiero porque además tampoco creo en el absoluto: la nada o el todo, el cero o el 10. Forma parte de una historia que he de tomar como fue, es mi historia. Creo que a la larga esa decisión me ha servido de mucho.

¿Coincidiste con alguien en algún momento?

Volé con dos chicos. El primer día y segundo les estuve viendo pero quizá no fueran ellos porque esos días hubo más vuelos. Esto es algo curioso: vamos todos al Polo pero no sé por qué no coincides. Llevas la misma coordenada pero ves que uno va más al este o otro al oeste. No vi nada más y durante semanas no vi ni huellas. Y un día ¡crucé! la huella de otro. Es curioso.

¿No sirve el GPS?

Con el GPS ubicas la posición, tomas el rumbo y lo guardas porque si no no hay pilas que lo resistan. Luego sigues el rumbo por la brújula –una para el hemisferio sur por supuesto–, que llevas colgada de un portabrújulas sin quitarle la vista. Cuando llegas al siguiente punto, vuelves a sacar el GPS y corriges.

¿En qué partes se podría dividir la travesía?

La primera parte, hasta el grado 84, vas en ascenso quizá más pronunciado hasta el grado 81, y el viento baja por la montaña y corre en contra o lateral oeste y se nota mucho. Cuando llegas a las zonas más altas también corre pero no tanto. La base de Patriot Hill es lo más venteado que puedas imaginar, la van a cambiar. El viento viene por encima de las montañas coge la pendiente de bajada y barre todo el campamento. En esa zona de pendiente cogí 160 km/h. Un huracán. Desde el grado 85/86 es una falsa meseta. Creía que el suelo iba a estar liso pero tiene muchos satruguis, son como olas congeladas, y no esquías bien. Incluso tuve que quitarme los esquís porque me quedaba la punta y la cola en sastruguis y temía romperlos por la mitad. A partir del grado 88 el suelo es liso, pero la nieve no estuvo lo suficientemente dura porque nevaba mucho, algo que no es habitual. Había nieve fresca y el trineo se enterraba y se agarraba y chirribaba como una gran uña. Nunca pude hacer 30 ni 40 km al día porque me pasaba de horas. En los Lagos durante la preparación hice 50 km al día y 20 en 6 h, aquí 20 en 10 h.

¿Cuál era tu plan diario?

La media era 13 o 14 h de tirar del trineo. Caminaba en horario nocturno para que los paneles cargaran con la plena potencia del sol del día… Montas la tienda, derrites hielo, preparas la cena, haces la llamada obligatoria (si no lo haces salen a buscarte) a Patriot Hill para dar las coordenadas, estás pendiente de mover los paneles solares. Todo esto lleva dos o tres horas. Dormía 5 h y a las 11 de ese mismo día sonaba el despertador. Dos horas para preparar los termos, desayunar, recoger la tienda, preparar la pulka, orientarme con el GPS, colocar el rumbo en la brújula, enganchar el arnés y colocar la comida en un bolsillo. Intentaba salir hacia la 1 de la mañana y no terminar después de las 3 de la tarde o no dormía ni cinco horas.

En esos momentos no tendrías ni un instante para pensar pero el resto del día esquiando... ¿En qué tienes la cabeza día tras día?

Eso fue superinteresante. En una montaña tienes el C1, es tu objetivo y tienes que poner una cuerda aquí, vigilar allá. El siguiente campamento va a ser distinto. El paisaje, la luz, las técnicas... Es más entretenido y rara vez puedes conectar algo de música porque estás a lo que estás.

Claro, en el Polo aunque te caigas no te matas...

En la montaña un fallo te cuesta la vida en unos segundos. Aquí el peligro no es tan inmediato, lo puedes prever y eso te puede provocar ansiedad –luego te cuento–, pero no te vas a caer de repente y te va a pasar algo. Te puedes evadir aunque no puedes quitar la vista de la brújula porque como te despistes un poco del grado 81 te vas al 87. Estás con la cabeza todo el tiempo baja mirando la brújula. Y en el momento que hay blizzard [ventisca] te quitas los esquís y vas tanteando como un ciego en medio de la niebla. No puedes hacer otra cosa más que aguantar durante 14 horas. Los días así, muy duros por la nieve blanda y el viento, era como si me metiera en mí misma y hacer lo que podía. Otros días el objetivo eran los 25 km, estabas fuerte y comías horas como churros. Pero había días que tenías que decir: ‘venga hasta las 3 de la mañana’, luego ‘hasta las 5 y te comes la galleta de color verde que tanto te gusta’. ‘Dos horas más y en vez de tomarte la bebida isotónica, tomas algo caliente del termo’. El obejtivo, de ser el día, pasa a ser la hora siguiente.
Y lo que tenía que hacer mentalmente lo describo como “el viaje donde meter todos los viajes˝. Tenía que inventarme historias. ‘¿A dónde me voy hoy?’. ‘Me voy a Nepal y hago el trekking del Annapurna’. Iba recordando cosas que no me costaran más esfuerzo. No se me ocurría decir ‘voy a escalar el Pobeda’ [uno de los sietemiles del Leopardo de las Nieves, donde Chus –días después de ver cómo un alpinista se despeñaba delante de ella– sufrió una grave deshidratación la noche de cima y finalmente tuvo que ser ayudada a descender]. Si pensaba en el Pobeda me recordaba con Merab en el glaciar bebiendo y disfrutando del sol en un descanso. Tenía que recordar cosas positivas.
Normalmente caminaba un hora y contaba 5 minutos para el pis, beber, la galleta y arrancando. Porque, si gastas 10 minutos, a lo largo del día has caminado no 14 sino 15 horas y has perdido una hora de sueño. Eso me atormentaba. Pero tuve como tres intentos de ansiedad, que no llegaron a ser ataques. Te vuelves poco efectivo. Te empiezas a parar, te molestan las gafas, te quitas el arnés... Tenía que hacer un esfuerzo mental por tranquilizarme y decirme: “olvídate del Polo Sur, ya llegarás dentro de un mes”. Fue un esfuerzo mental muy bestia.
En una montaña estás fuera del CB una semana más o menos. Luego bajas, te lavas, te duchas, te cambias de ropa, charlas, escribes en el diario, hablas con casa y ya te has renovado para volver a subir la montaña otra vez. Aquí todo pasa dentro de tu cabeza. Es muy duro sobre todo para un alpinista, más que para una persona que esté acostumbrado a hacer lagos o cosas monótonas. ¡Es que es muy monótono! Tremendamente monótono y al mismo tiempo estresante porque no te puedes parar. Al día hay que cumplir los 25 km porque, si no, igual son cinco días más en la Antártida...

Y no llevas comida...

Claro, sabes que la comida, el combustible es lo que llevas, los paneles solares… Y tenía una sensación que describí como el síndrome de ir en un bote pinchado. Esto es: en la primera tormenta que hay se rompe la tienda, ya vas temiendo que las varillas se van a romper y sólo tienes una de repuesto; la tienda está rota por varios sitios porque el viento ya la ha descuajeringado y no tienes repuesto (lo básico va por triplicado: como hornillo, teléfonos); todos los cables de paneles solares e Iridiums se iban pelando y si te quedas sin ellos estás incomunicada y se organiza un rescate. Es esa angustia de “cuando llegue tengo que reparar esto y lo otro˝.
Y no te descuides y se te vuele una esterilla (llevaba dos). Como tienes que andar sacando y guardando cosas todo volaba. Y la tienda, como todos los días hacia viento sobre todo por las tardes, tenía que atornillarla al suelo automáticamente y al estar sola, la estás montado por un lado y se levanta por el otro. Era un gran cuidado sobre las cosas y sobre ti misma y obligarte a dormir aunque quisieras escribir porque si no al día siguiente no puedes andar.

Hablabas del Pobeda y de Merab [Khabbazi, † Ushba 2005] ¿te acompañó su recuerdo como en la travesía de Groenlandia?

Lo de Groenlandia fue espantoso. Cometí el error de llevar su termo y algunas cosas y no estaba curada para eso. Ahora, si tenía algún recuerdo triste o angustioso con Merab, automáticamente me caía al suelo como si me pusieran la zancadilla. Así que tenía que pensar en un momento bueno, que fueron todos. Le recordaba mucho tambaleándose por la arista para ayudarme en el Pobeda.

¿Tuviste que esperar algún día dentro de la tienda?

Hubo una tormenta de 160 km. En Patriot Hill voló mi cámara de Canal+ dentro de la tienda con sus cosas. Mientas él volaba yo intentaba montar la tienda en la zona del grado 81. Estuve dos días y medio de ventisca dentro: pasé miedo porque pensaba que no había tienda que resistiera eso. Protegí la tienda con la pulka y no la monté entera sino que quité tramos de las varillas. No quedó muy bien pero estaba menos elevada. Luego me dijeron que era fuerza 5. Estaba a 10 km de Patriot Hill en una pendiente por donde bajaba lo que no te imaginas.
Antes había sacado el anemómetro y estaba en los 40-50 km/h en que, según leí, la gente se para y monta la tienda. A mí ya me preocupaba porque montar la tienda solo es distinto. Pero lo que ocurrió entonces no lo había visto en montaña. En 2 minutos se levantó el vendaval, guardé el anemómetro y me puse a montar la tienda. No podía pero era la tienda o la tienda.

Así dos días ¿y si se rompe la tienda?

Antes me vuelvo loca del ruido del viento. No lo sabía pero me afecta mucho.

¿Cuáles fueron tus miedos después de eso?

Seguía mosqueada con el viento. Un día monté la tienda dos veces. Salí, no había viento. Aumentó, monté. Bajó, desmonté. Arreció, y volví a montar. Me costó ir pensando que todo lo que se rompiera lo podría arreglar.

¿Y tus alegrías?

Sacar el gps y ver que vas bien. Los días sun viento. Espejismos típicos del sol: ves tres soles. Pero no puedo decir que el día a día lo disfrutes como en una montaña. Es muy duro.

¿Los problemas más importantes?, ¿rozaduras?

Uno de los bastones se rompió, es muy normal, lo encabestrillé con dos piquetas, como quedó más corto llevaba la espalda destrozada. Y el cuello de mirar la brújula. Y los pies: tengo el pie cavo 3 –los médicos no se explican cómo puedo hacer montaña– y debajo del pie se hizo una almohadilla gordísima de piel y las ampollas quedaban dentro. Y las uñas se retorcieron todas de los golpes que te das contra las botas. Tengo un dedo injertado, del Pobeda, y ese dedo se me congela hasta en Vigo. Un día frío, al dar la mano, parezco la concejala cadáver. Volví a tener ampollas y hablé con el dr. Moranderia y él con su equipo. Hablaron de evacuación pero pensé: “me cortarán el dedo pero de aquí no me sacan”. Sí creí que el dedo no iba a salir de allí pero luego se recuperó. No me encontré débil ningún día: la dieta estaba bien pensada pero pasaba hambre y me quedé flaquísima.

¿En qué se basaba?

En controlar un nivel de insulina alto para no tener bajadas hipoglucémicas. Y además con los Omega3 se protege el corazón [más info en www.chuslago.com].

¿Cómo te arreglabas con tus cosas: allí no se puede abandonar ni los “residuos humanos sólidos”?

No puedes en los dos últimos grados, ni en las Ellsworth. Tienes unas bolsas especiales para esos días. El resto de los días lo tienes que tapar. Y la basura, a la pulka, termina llena.

¿Tu viaje al Vinson y las vías que abriste fueron el precedente de esta travesía?

Sí. Partió de ahí. Descubrí el desierto polar y me preguntaba qué es el silencio absoluto, la nada absoluta donde todo tiene que pasar por tu cabeza, cuánto hay que poner de uno mismo, qué significa estar solo tanto tiempo. Partió de ahí y como en mi vida en la montaña apliqué lo mismo: partir del cero absoluto. Una montaña pequeña, la siguiente más grande. Groenlandia, los Lagos... cometer los errores y aprender. Fue la experiencia de no saber nada a hacer sola una de las travesías más interesantes.
Cuando le dije a Juanito [Oiarzabal]: “voy a hacer sola la travesía de la Antártida”, me dijo: “Vale, me voy contigo”. “Juanito, te he dicho que sola”. “Por eso, por eso, que me voy contigo”. “No me has entendido, ¡que me voy sola!, al segundo día me clavas un piolet o yo te tiro a una grieta”. Se reía.

¿Algún proyecto para las montañas?

Mientras esté aquí como política estos dos años no puedo porque el día a día de entrenamiento me cuesta la salud. Me propuse la travesía entrenando a horas intempestivas, durmiendo poco y el coste fue altísimo. Ahora voy a las montañas que hice de niña, a los Ancares. Es lo bueno que tienen, hay montañas para cada época de la vida.

José Luis Mendieta

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