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El alpinista catalán pasó de la cima del Gasherbrum II a caer en una grieta de 15 metros de profundidad en el glaciar entre el C2 y el C1 durante el descenso.
Desnivel.com - Martes, 7 de Agosto de 2012 - Actualizado a las 17:26h.
La ascensión del Gasherbrum II esta temporada no ha sido tarea fácil para Ferran Latorre, los miembros de la expedición Andalucía 2x8000 y el iraní Mehdi. Lo consiguieron cuando el resto de expediciones ya habían abandonado la montaña, y vivieron una aventura en toda regla, que incluso continúa a día de hoy, con un trekking de regreso desde el campo base largo y bajo unas condiciones meteorológicas nefastas.
Ferran Latorre ha hecho balance estos días de lo vivido durante el ataque a cumbre y el posterior descenso. En su blog narra de forma exhaustiva y emotiva una ascensión que se convirtió casi en epopeya y que a punto estuvo de cobrarse su vida, cuando cayó sin encordar en una grieta de 15 metros de profundidad. Una posible fractura en las costillas y dolores en el hombro derecho son las consecuencias y el mal menor de una experiencia que le ha marcado.
Su narración de la historia comienza así: “Esta ha sido una temporada mala en el Karakorum. Y el Gasherbrum II siempre nos ha puesto las cosas muy difíciles. Incluso el día de cumbre, que prometía ser de meteorología plácida, acabó siendo una vez más, la última oportunidad del Gasherbrum II para poner a prueba nuestra resistencia, nuestra paciencia y valorar la verdadera motivación para escalarlo. Pero además, lo que nunca hubiera imaginado, es que una vez conquistada la cumbre, esta montaña pusiera ante mi vida un enigma que aún no soy capaz de descifrar. En el momento más inesperado. En el lugar más insospechado.”
En su crónica de los hechos sucedidos durante la ascensión, Latorre explica cómo se enfrentaron “cara a cara” con la montaña, con un G2 que parecía ejercer voluntad propia para no permitir que nadie lo escalara. “Finalmente decidimos atacar la cumbre desde el Campo 3 (7.000 m) para recortar un día de ascensión y porque todo indicaba que el día 1 de agosto no sería tan bueno”, explica el alpinista catalán.
Sin embargo, esa decisión estuvo a punto de resultar inválida por la cantidad de nieve que encontraron durante esos 1.000 metros de desnivel que les separaban de la cumbre. Un obstáculo que les retrasaría pero no les haría renunciar. “Hacia la una de la madrugada, Jose y yo llegamos a lo que parecía ser el Campo 4, donde descubrimos una tienda abandonada por una expedición coreana que ya se había marchado del Campo Base. Medio colapsada por la nieve y muy deteriorada por el viento, nos resguardamos un buen rato, mientras esperábamos la llegada del resto del grupo”.
Cuando todos se hubieron reunido allí, continuaron de noche hacia la cima, aunque de nuevo el tiempo les jugó una mala pasada: “El día claramente volvía a empeorar. Enseguida me di cuenta de que la única manera de obtener un pequeño respiro y un poco de esperanza, ya metidos en plena locura eólica, era la de buscar refugio detrás de la arista sureste”, adonde llegaron con dificultades a las 7 de la mañana. Allí, a 7.750 m, se prometieron esperar hasta que el viento les diese una tregua y no bajar sin cima. Fueron siete horas de espera.
“Finalmente y como un puñetazo definitivo, hacia la una y media de la tarde y aunque el tiempo seguía igual, decidimos salir de la trinchera. Mehdi comenzó a abrir huela como un guerrero desesperado, la espada en alto y el grito de guerra ensordeciendo los contrincantes. La pala de nieve final es bastante vertical y sostenida, pero la nieve por fin parecía facilitarnos el trabajo. Y fue entonces cuando se produjo el milagro. El cielo se abrió y el horizonte se descubrió a nuestro alrededor con un mar de nubes precioso”.
El propio Ferran abrió huella durante los últimos 100 metros y fue el primero en alcanzar la cumbre, donde estuvo solo unos minutos mientras esperaba a sus compañeros: “El espectáculo era profundamente encantador, con las luces doradas del atardecer por encima de todas las cimas del Karakorum, que asomaban como islotes por encima del mar de nubes”.
“De bajada, en plena noche, hubo que reabrir la huella de nuevo mientras recorríamos la larga travesía hasta el Campo 4. La presencia del fuerte viento durante todo el día borró la huella de subida que habíamos abierto durante la madrugada. El iraní Mehdi y yo, una vez llegados al Campo 4, descansamos un rato para seguir bajando al Campo 3. El resto del grupo se quedó a pasar la noche como pudieron metidos dentro de la tienda de los coreanos medio colapsada por la nieve y desgarrada por el viento en el Campo 4”.
Al día siguiente, una vez reunido todo el grupo en el Campo 3, Ferran Latorre continuó descendiendo hasta el Campo 2, donde se reunió con su compañero pakistaní Basheer, y continuó con él hacia el Campo 1, donde pretendían hacer noche. Un tramo que se hizo muy difícil, otra vez por las condiciones: “El calor en seguida fue intenso, y la nieve empezó a perder contundencia de una manera alarmante: nunca había sufrido un descenso tan patético. A veces costaba avanzar, incluso rappelando, y las piernas a menudo se hundían sin fondo en una nieve que había perdido ya todas sus características de cohesión. A ratos nos arrastrábamos pendiente abajo de culo, para no tener que poner las piernas y quedar hundidos hasta la cintura, paralizados como si fuéramos en tierras movedizas. No era una situación peligrosa, sólo detestable y agotadora, además de lenta y desesperante”.
Al llegar al pie de la montaña, ese “calvario” terminó y “sólo nos quedaba media hora de glaciar llano hasta el Campo 1. En ese tramo, la mayoría de la gente no va encordada ya que el glaciar no está abierto, sólo hay dos o tres grietas y en general son muy visibles. De hecho los únicos que esta temporada iban encordados eran mis compañeros de Andalucía. Y antes de empezar el camino fácil hasta el Campo 1, estuve dudando durante unos segundos si coger una de las cuerdas de los Andaluces para seguir encordados, Basheer y yo”.
Unos minutos más tarde, Ferran recordaría esa duda cuando, al cruzar un puente sobre una grieta el suelo se abrió bajo sus pies y cayó en una grieta de unos 15 metros de profundidad. “La primera acción fue la de comprobar que todo estaba bien, que el cuerpo seguía funcionando, un repaso exhaustivo y fulminante de todas las partes del cuerpo que duraría pocos segundos. Y en acto seguido, intenté controlar cualquier reacción de histeria. Pronto oí los gritos lejanos de Basheer. Alcé la cabeza, y por primera vez me di cuenta de la magnitud de la caída y del lugar donde estaba clavado. Por encima de mí, una enorme bóveda de hielo, de colores azules y verdes, me aislaba del mundo externo excepto por un pequeño agujero, el que había provocado a mi paso, y por el que asomaba una pequeña cabecita mirándome aterrorizada: eran los ojos de Basheer”.
El montañero pakistaní desandó sus pasos para regresar al punto donde se encontraba la cuerda de los andaluces para rescatar a Ferran Latorre, quien calcula que estuvo una hora allí abajo. “Estaba bajo tierra, como cerca del infierno, como en las puertas de la muerte, en un mundo de hielo que ha estado esperando millones de años. Y yo seguía allí, plantado, invitado inoportuno de un silencio sepulcral que me atreví a perturbar sin el permiso de nadie. Reconozco que estuve unos segundos boquiabierto, asistiendo a aquella escena milagrosa, a la de seguir vivo, a la de poder hacer frente con mi plena vida y mi plena energía, a ese mundo inerte donde el letargo y la ausencia del paso del tiempo tenderían a apagar cualquier atisbo de vida”.
Aprovechó el tiempo para preparar el material de escalada que necesitaría para jumarear por la cuerda y dejó lista la mochila en el suelo con todo lo imprescindible. “A ratos miraba arriba, hacia la ventana de la vida, el agujero por donde había caído, esperando una respuesta como el náufrago que mira el horizonte clavado, esperando otro navegante. La soledad era abismal, como la de un astronauta perdido en el Universo. Aquel lugar podría haber sido mi punto y final, pero a última hora, mientras caía al vacío, alguien decidió que no lo fuera, como si finalmente alguien hubiera dado marcha atrás con su decisión. Este pensamiento creó una cierta complicidad entre el yo, insignificante ser vivo, y aquel rincón perdido del mundo, que ahora se convertía tan especial para mí”.
Cuando llegó Basheer con la cuerda –fijada a una reunión en T que montó siguiendo las instrucciones dadas por Ferran un mes antes-, el alpinista catalán tiró de experiencia para salir de allí sin mayores complicaciones. “Algunos minutos más tarde por fin asomaba por el agujero. El mundo seguía existiendo. El cielo todavía era azul. Todavía era de día. Y Basheer me miraba atento y feliz desde unos cuantos metros. Me arrastré hasta él y nos abrazamos fervorosamente. Como desesperado, no paraba de llorar y decirme que era mi hermano”.
En la conclusión de su escrito, Ferran Latorre constata que “en el Gasherbrum II, he vivido dos horas, la hora de la cima, y la hora a solas dentro de la grieta, que guardan una conexión singular. Pero entre todo lo que he vivido me quedo con el abrazo con Basheer. Estoy seguro de que en muchas ocasiones de la historia, ha habido tan poca distancia entre dos seres humanos. Pero aquel fue un instante, al pie del Gasherbrum II, de una emoción que hace creer de nuevo en la humanidad, en el amor fraternal, en todo aquello que nos debería definir como ser humanos. Fue una victoria del amor, de la compasión. Una victoria de todo aquello que siempre debería haber ganado”.

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